EXAMEN SIMULACRO 2 EXANI

Descripción

EXAMEN CENEVAL - COMPRENSIÓN LECTORA
CENTRO NACIONAL DE EXÁMENES  DE ADMISIÓN
Test por CENTRO NACIONAL DE EXÁMENES DE ADMISIÓN, actualizado hace 7 meses
CENTRO NACIONAL DE EXÁMENES  DE ADMISIÓN
Creado por CENTRO NACIONAL DE EXÁMENES DE ADMISIÓN hace casi 10 años
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Resumen del Recurso

Pregunta 1

Pregunta
INSTRUCCIONES: Lee cuidadosamente el texto y contesta correctamente las interrogantes que se te formulan posteriormente. Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. 1. Para los radioescuchas ¿qué era lo que marcaba la diferencia de criterio entre el vicepresidente Richard Nixon y el candidato demócrata Kennedy?
Respuesta
  • La conversación
  • Los ademanes
  • La comunicación

Pregunta 2

Pregunta
Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. 2. Según la lectura, se dice que el canal verbal se usa básicamente para:
Respuesta
  • Transmitir un mensaje
  • Hacer gestos
  • Comunicar información

Pregunta 3

Pregunta
Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. 3. El lenguaje corporal proporciona indicios con respecto a:
Respuesta
  • La comunicación verbal
  • Las intenciones del interlocutor
  • La opinión pública

Pregunta 4

Pregunta
Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. 4. Cuando se dice que se tiene la corazonada de saber que alguien ha mentido, es debido a que no concuerda:
Respuesta
  • Lo que se habla y lo que se actúa
  • Lo que se escucha y lo que se piensa
  • Lo que se señala y lo que se comenta

Pregunta 5

Pregunta
Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. 5. Uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es:
Respuesta
  • Escuchar atentamente su voz
  • Analizar independientemente cada gesto
  • Alejar el cuerpo de la conversación

Pregunta 6

Pregunta
INSTRUCCIONES: Lee cuidadosamente el texto y contesta correctamente las interrogantes que se te formulan posteriormente. Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. INSTRUCCIONES: A partir del contenido de la lectura , selecciona la opción que complemente el enunciado, cuidando que mantenga sentido lógico. El _________________ _________________ de Kennedy impactó en el debate Televisivo frente a Nixon.
Respuesta
  • rostro – descuidado
  • discurso – preparado
  • lenguaje – corporal

Pregunta 7

Pregunta
La capacidad de sonreír en los niños sordos y ciegos, se da _________________.
Respuesta
  • intuitivamente
  • mecánicamente
  • congénitamente

Pregunta 8

Pregunta
INSTRUCCIONES: Lee cuidadosamente el texto y contesta correctamente las interrogantes que se te formulan posteriormente. Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. Otras investigaciones afirman que todas las culturas manifiestan el mismo _________________ _________________ para expresar alegría, interés o enojo.
Respuesta
  • rostro – sorpresivo
  • código – oral
  • lenguaje – gesticular

Pregunta 9

Pregunta
Un observador detecta cuando alguien miente por la incongruencia entre sus _________________ y sus _________________.
Respuesta
  • propósitos – seguidores
  • palabras – mímicas
  • compatriotas – enemigos

Pregunta 10

Pregunta
INSTRUCCIONES: Lee cuidadosamente el texto y contesta correctamente las interrogantes que se te formulan posteriormente. Casi 70 millones de estadounidenses pensaban que aquel histórico debate televisado no podía ser peor para el vicepresidente Richard Nixon. Sin maquillaje, torpe, con el rastro de una horrible barba de dos días, lento en sus reflejos…Frente a él el joven senador Kennedy parecía sentirse seguro de sí mismo, ágil en sus respuestas, agresivo, ciento por ciento presidencial. Los espectadores pudieron observar atónitos cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente y se enjuagaba la frente. Sin duda, los asesores de Kennedy habían presionado para subir la calefacción en el estudio y aprovecharse de la ansiedad transpiratoria de su rival. Los radioescuchas, sin embargo, pensaban de forma muy distinta. Para ellos, el vicepresidente contestaba a las preguntas con más aplomo que el candidato demócrata ya había hecho valer su mayor experiencia política. Lo que marcaba la diferencia de criterio era, por su puesto, el lenguaje corporal de ambos. Desde que en 1872 Charles Darwin sorprendiera a la comunidad científica con su trabajo La expresión y las emociones en el hombre y en los animales, verdadero germen de los estudios modernos sobre la comunicación no verbal, los expertos han identificado alrededor de un millón de claves y señales que transmitimos tanto consciente como intuitivamente a través de expresiones faciales y gestos. La importancia del componente no verbal es, según la mayoría de los investigadores de la comunicación, incuestionable. De hecho, en un estudio del antropólogo Albert Mehrabian se indica que las palabras sólo influyen un 7% en el impacto total de un mensaje, mientras que los matices, sonidos y el tono de la voz supone el 38%, y las posturas y ademanes, el 55%. De ello se infiere que el canal verbal se usa básicamente para transmitir información y datos, mientras que el no verbal se utiliza para expresar sentimientos y actitudes personales. El profesor de la Universidad de Pensylvania Ray Birdwhistell, quien llegó a determinar en qué idioma hablaba una persona observando como gesticulaba, ha calculado que cada individuo emplea sólo 12 minutos al día en comunicarse a través del habla. Este mismo investigador aseguró que la importancia de lo no verbal es tal, que con mucha práctica un observador sería capaz de averiguar qué gesto está haciendo una persona sólo con oír su voz. ¿Pero cómo aprendemos al leer el mensaje que emite el cuerpo del otro? ¿De dónde vienen todas estas señales que invariablemente transmitimos cada día? ¿Son innatas o las aprendemos? Y, sobre todo, ¿son universales o cada cultura dispone de un conjunto exclusivo? En realidad, las hay de todos los tipos. La sonrisa, por ejemplo, es un gesto innato. Hasta los niños sordos y ciegos, sin posibilidad de aprenderla, sonríen instintivamente. Según el profesor de Psicología en la Universidad Médica de California Paul Ekman, “todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes también hay sistemas no verbales distintos”. El inocente turista que vaya a pedir un par de cervezas a un pub inglés y alce la mano formando una v con los dedos índice y medio, puede llevarse una más que desagradable sorpresa. Sencillamente, para la mayoría de los anglosajones ese gesto no simboliza el número dos, sino que resulta ofensivo. Pese a que las diferentes interpretaciones de ademanes puntuales pueden llevar a situaciones difíciles, el lenguaje corporal da pistas muy valiosas sobre las intenciones de nuestro interlocutor. Los especialistas en el estudio de la comunicación no verbal inciden en este punto: no es posible fingir el lenguaje del cuerpo. Podemos mentir de palabra, pero siempre habrá algo en nuestra postura que nos delatará. De hecho, cuando se intenta, se produce una incongruencia, entre los gestos, el lenguaje articulado y una miríada de microseñales que no podemos evitar transmitir cuando hablamos, como una contracción de las pupilas, un temblor en la comisura de los labios o levantar una ceja. En algunas profesiones, sin embargo, se aprende a someter la expresividad para conseguir dar una sensación concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los concursos de belleza, en las partidas de ajedrez o en el discurso político, en el que es posible comprobar cómo los oradores se ven a menudo traicionados por su ademanes. Por ejemplo, varios dirigentes intentan una y otra vez convencer a la opinión pública de su enfoque cálido y próximo al ciudadano mientras dan golpecitos secos y cortos sobre su atril. Para un observador, esa actitud no dice mucho a su favor. Y es que a veces las posturas y gestos narran una historia mientras la voz nos cuenta otra. Por ello, cuando decimos que tenemos la corazonada de saber que alguien ha mentido es porque inconscientemente detectamos que su lenguaje corporal no corresponde al sentido de sus palabras. Aun así, una confianza ciega en lo no verbal puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta las intenciones o sentimientos de una persona. Precisamente, uno de los principales errores cuando se estudia la expresividad de los demás es analizar sus gestos de forma aislada, independientemente unos de otros y de las circunstancias que rodean a quien observamos. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede denotar tanto inseguridad como una mentira oculta, pero puede significar, también, que se tiene comezón. ¿Hasta qué punto podemos pues fiarnos de los consejos dados para interpretar una inclinación de cabeza o la postura de las piernas y los brazos? Lo cierto es que no obstante el lenguaje corporal es esgrimido por los medios como la clave para entender los sentimientos – y cada vez proliferan más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gustos de sus clientes o a los maestros lo que los alumnos esperan de ellos, exclusivamente a través de la comunicación no verbal-, algunos investigadores creen que estudiar la postura al margen del habla es una pérdida de tiempo. Eso es lo que afirma un equipo de profesores de las universidades de Colorado y de Brigham Young. Según estos expertos estadounidenses, el lenguaje corporal es parte más de la comunicación interpersonal que no debe entenderse aislada del oral. Para demostrarlo proponen este ejemplo: si una persona quiere mostrar sus intenciones de abandonar un lugar, puede desplazarse ligeramente, como intentando alejar su cuerpo de la conversación. Pero esta salida no es efectiva hasta que se comunica de manera verbal una expresión del tipo “será mejor que me vaya”. Además, tocarse es, para estos investigadores, una forma de comunicación gestual que la mayoría de las situaciones requiere del lenguaje hablado para ser clarificada. “Es imposible saber qué pude significar a ciencia cierta ser tocado si el acto no se acompaña de un contenido verbal”, añaden. De una forma u otra, lo cierto es que en cualquier situación comunicativa, la información no verbal es inevitable. El lenguaje _________________ y el _________________ son la combinación casi perfecta para comunicar con honestidad.
Respuesta
  • corporal – oral
  • hablado – escrito
  • fónico – musical

Pregunta 11

Pregunta
INSTRUCCIONES: Selecciona el antónimo de la palabra que aparece en mayúsculas, cuidando que mantenga sentido lógico con el enunciado y con ideas opuestas a la lectura. Los espectadores pudieron observar ATÓNITOS cómo en los planos de transición, Nixon sudaba copiosamente.
Respuesta
  • impasibles
  • atentos
  • estupefactos

Pregunta 12

Pregunta
INSTRUCCIONES: Selecciona el antónimo de la palabra que aparece en mayúsculas, cuidando que mantenga sentido lógico con el enunciado y con ideas opuestas a la lectura. Siempre habrá algo en nuestra postura que nos DELATARÁ.
Respuesta
  • señalará
  • encubrirá
  • confrontará

Pregunta 13

Pregunta
INSTRUCCIONES: Selecciona el antónimo de la palabra que aparece en mayúsculas, cuidando que mantenga sentido lógico con el enunciado y con ideas opuestas a la lectura. Todos los pueblos COINCIDEN en el uso de los gestos faciales básicos.
Respuesta
  • difieren
  • trastocan
  • armonizan

Pregunta 14

Pregunta
INSTRUCCIONES: Selecciona el antónimo de la palabra que aparece en mayúsculas, cuidando que mantenga sentido lógico con el enunciado y con ideas opuestas a la lectura. Cada vez PROLIFERAN más títulos editoriales que prometen a los vendedores conocer los gestos de sus clientes.
Respuesta
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