La dirección de empresas ha
sido siempre, y será,
una de las tareas humanas más
complejas, arriesgadas y llenas
de incertidumbre
Cada generación de
directores debe encontrar
su propia orientación.
Durante los últimos veinticinco años,
los clientes de casi todos los sectores
industriales se han rebelado contra
los proveedores que les habían
dominado hasta entonces.
Los consumidores abandonaron las empresas
hacia cuya marca habían sido fieles durante
mucho tiempo, y adoptaron las marcas
genéricas, las marcas de «casas», las de
competidores internacionales, y las de cualquier
empresa que les ofrecía mejores condiciones.
Los clientes dejaron de mostrarse
tolerantes ante el abuso de los proveedores que
condescendían en servirles sus pedidos. Se
negaron a admitir precios más altos, menor
calidad y horroroso servicio, sólo por obtener lo
que necesitaban.
Ahora los clientes indican a sus
proveedores todo lo referente a los
precios que van a pagar, el nivel de
calidad que exigen e, incluso, el plazo en
el que aceptarán la entrega del
producto.
Los proveedores que no
cubren estas expectativas se
convierten en
ex-proveedores.
¿Cómo surgió este
Poder del Cliente?
Fue el resultado de la
convergencia de varias tendencias
que se venían desarrollando desde
hacía tiempo.
La escasez dio paso a la
abundancia cuando la oferta
igualó y superó a la demanda.
Las empresas eran capaces de
producir mucho más de lo que
los clientes compraban.
Una de las razones clave para este
aumento se debe a que los avances
de la tecnología han mejorado
considerablemente la productividad
de fabricación y, de ese modo, han
reducido el coste de entrada y de
expansión de muchos sectores.
Las empresas aumentaron su capacidad a
fin de conseguir más cuota de mercado.
Esta tendencia se pronunció aún más
cuando la globalización atrajo a más
proveedores que se dirigían a los mismos
clientes.
Este aumento de la
oferta colocó,
inevitablemente, a los
clientes en el asiento del
conductor.
Los clientes ya no eran unos desvalidos
que suplicaban por obtener unos bienes
escasos; los papeles se han trastocado, y
ahora los proveedores suplican a los
escasos clientes. Los clientes van
aprendiendo como compradores más
preparados e informados.
Como resultado, ahora los clientes buscan
activamente otras alternativas, comparan
precios, y aceptan la mejor opción.
El Poder del Consumidor
surgió cuando muchos
productos se volvieron
mercancía de lujo
Antes, la
tecnología
evolucionaba
tan
lentamente
que los
productos se
mantenían
diferentes
unos de otros
durante
muchos años.
Hoy en día, los rápidos
cambios en la tecnología
han reducido
considerablemente el ciclo
de vida de los productos.
Tan pronto una empresa
introduce un producto en el
mercado, queda obsoleto, o es
imitado por otra empresa.
Esto da por resultado una gran cantidad de
ofertas similares, lo que hace muy difícil
diferenciar a los de una empresa y los de
otra; esto aumenta aún más el poder de los
clientes.
El comprador dispone de un gran número de fuentes
de información, desde «Informes para el Consumidor»
hasta sitios web, que le preparan para negociar con el
concesionario desde una posición de fuerza y
conocimiento.
No se percibe un previsible fin para el aumento
de la competencia global, el exceso de capacidad
productiva, el carácter genérico de los productos,
y el conocimiento de los clientes, o del poder que
les concede ese conocimiento.
Cuando la Economía del Cliente se
desarrolló, las organizaciones
buscaron innovaciones empresariales
Creación e implementación de
nuevas formas de
funcionamiento
La gestión de existencias justo-a-tiempo; la gestión de la
calidad total, y su pupilo, la calidad sigma seis; los equipos
multidepartamentales; la utilización de la gestión de cartera y
de las puertas de acceso en el desarrollo de producto; la
integración de la cadena de aprovisionamiento,, etc.
Estas innovaciones se introdujeron, en primer lugar,
en los sectores que más pronto empezaron a sentir
el empuje de la nueva economía de cliente -los
sectores del automóvil, de la electrónica y el de los
ordenadores- y que luego se expandieron a casi
todos los demás ámbitos del mercado.
Las innovaciones del ayer son la línea de
partida de hoy, y mañana estarán
obsoletas.
Lo que hasta hace poco parecía
inimaginable, pronto se convierte
en elemento rutinario, y las
expectativas crecen aún más.
En los clientes es natural exigir más:
más valor por menos precio, más
innovación, más servicio, más de
todo.
Las empresas que no se mantienen a la altura de
estas crecientes exigencias, se verán pronto
abandonadas.
La reinvención de la empresa
no ha terminado -ni mucho
menos.
La Agenda para la Economía del Cliente
tiene 9 Elementos
Los dos primeros se traducen en acciones
concretas, las ideas generales sobre el cliente;
presentan dos estrategias específicas -cuyas
siglas son ECLQEFT (empresa con la que es fácil
trabajar) y MVA (más valor añadido) que sirven
para diferenciar a la empresa, distinguida de
otras similares y conseguir clientes fieles.
Los elementos tercero y cuarto de la agenda tratan
sobre los procesos.. A fin de alcanzar los niveles de
rendimiento que ahora exigen los clientes, las
empresas deben ser gestionadas y organizadas en
torno al eje de los procesos; además, deben aplicar la
disciplina procesal, incluso a los aspectos hasta ahora
más caóticos y creativos de sus actividades.
El principio número cinco requiere dar un nuevo
enfoque a los sistemas de evaluación, un marco que
los coloque no en el campo de la contabilidad, sino
directamente en el centro de un método sistemático
para mejorar el rendimiento de la empresa.
El principio sexto de la agenda
trata de redefinir el rol de los
directores, que dejan de ser jefes
autónomos de su estrecho dominio
y se convierten en jugadores de
equipo cuyo ámbito es la totalidad
de la empresa.
Los tres siguientes principios encauzan el
poder de Internet para conectar unas
empresas con otras.
Hay que volver a analizar la
distribución desde la perspectiva del
cliente final, que es el que paga los
sueldos de todos los que intervienen en
el canal de distribución.
El último principio de la agenda es el más radical.
Afirma que la empresa debe dejar de percibirse a sí
misma como una totalidad autónoma, para pasar a
posicionarse como componente de una gran empresa
más amplia y virtualmente integrada.