Modul 1 von 4 · Medien
El mentor - El mentoreado
El mentor - El mentoreado
Introducción
El Dr. John Perkins en uno de sus libros1 describe cómo fue discipulado en
la fe:
“Este maestro, cuyo nombre era Wayne Leitch, me tomó bajo su ala y empezó
a discipularme. Me enseñó cómo estudiar y amar la palabra de Dios.
Me enseñó las maneras de estudiar a fin de que pudiera entender la Biblia; y,
además, él creyó que yo podría entenderla, creyó en mí. Me dio la esperanza
que nunca había tenido en mi vida” (cursivas mías).
Continúa para describir una vida de discipulado y de mentoreo como el
resultado de que alguien se interesó en él desde temprano. Leitch puede ser
que se haya constituido discipulador de Perkins, pero también mostró las características
de un mentor, de alguien que asume responsabilidad por un líder
que está surgiendo y que invierte tiempo y energía en esa persona. Un mentor,
igual que un discipulador, es una persona que cree en usted, alguien que le da
esperanza. En un capítulo posterior hablaré acerca de los que creyeron en mí,
los que me dieron esperanza. Rendiré homenaje a aquellos que desde temprano
fueron mis mentores.
En este capítulo miraremos a los dos, a mentores y a mentoreados. Intentaremos
terminar el capítulo con una idea clara de estas dos personas. Ellos se interrelacionan, lo que quiere decir, que no puede haber mentor si no hay un
mentoreado. Todo el cúmulo de dones que poseo, junto al conocimiento y los
recursos que están al alcance de mi mano son de poco valor para el bien de la
longevidad, si no estoy mentoreando a alguien, un mentoreado.
Hace poco comencé una relación de mentoreo con un pastor recién ordenado.
¿Por qué se me aproximó?
Este joven pastor está ministrando en un vecindario cambiante, siguiendo
los pasos del pastor que se jubiló, el mismo que plantó la obra, para ayudar a
la congregación a que alcance a las personas de ese barrio que son diferentes a
la mayoría de la gente de la congregación. Alguien de la clase, la persona que
asignaba las regiones, sintió que yo tenía alguna experticia y dones en el ministerio
transcultural, que podía compartir con este joven pastor. Al presente nos
reunimos una vez al mes, en una cafetería, para revisar cómo se están haciendo
las cosas en el ministerio en general y, particularmente, en respuesta a tareas
que hemos acordado que él cumpliría para cada una de las sesiones subsiguientes.
Él no necesita mi ayuda cuando de asuntos doctrinales se trata pues ha
sido entrenado en el seminario; tampoco requiere mi consejo en relación a los
cultos. Soy su mentor con respecto a lo que se relaciona con el ministerio de
alcanzar a su vecindario, cuando surgen asuntos que causan conflicto, cuando
se trata de facultar a aquellos que al presente no están acreditados y tampoco
cuentan con poder en la comunidad. Cuando surgen preguntas relacionadas
con sus ancianos y diáconos, lo encamino hacia otros mentores en la comunidad
o a otros recursos que puedo traer a colación.
Hay un pastor en la región del sureste de los Estados Unidos, con quien
mantengo conversaciones telefónicas cada quince días. Cualquiera de los dos
puede tomar la iniciativa de la llamada. Hemos sido amigos por mucho tiempo,
pero de alguna forma esta es, también, una relación de mentor-mentoreado.
Normalmente terminamos en una conversación acerca de su ministerio,
acerca de las oportunidades que Dios ha puesto en su camino. Juntos
discutimos acerca de cuál puede ser la voluntad de Dios para él. Esto ha sido
particularmente real a raíz de que él ha recibido una llamada para ir a otra
congregación, lo cual requeriría que abandone un grupo que recientemente
se trasladó a otra parte de la ciudad y que ha gastado miles de dólares para
adecuar un área comercial como lugar de servicio religioso.