Apuntes
Materiales de lecturas
Contenido del apunte (1)
Página 1
Universidad
Nacional Autónoma de México
Escuela
Nacional del Colegio de Ciencias y Humanidades
Plantel
Oriente
Área Histórico Social
Filosofía I
Materiales
del curso,
Ciclo 2013-2014
Profesor Jorge Galindo González
Lecturas
Instrucciones generales: lee
con atención los siguientes textos y, de cada párrafo ubica cuál es el problema,
qué dice y con base en qué lo dice, es decir, cuáles son los argumentos
presentados, y escríbelos en el espacio de la columna derecha. Asimismo las
palabras desconocidas para integrarlas al glosario. De esta forma tendrás más
posibilidades de comprensión de cada tema abordado en el texto. Al finalizar
tus notas de la lectura, elabora una breve reflexión de lo que consideras haber
comprendido acerca del tema presentado, Así, podrás elaborar un mapa mental o
conceptual al concluir las reflexiones sobre el mismo. También, contesta las
preguntas y realiza los ejercicios que se intercalan en algunos de los textos.
Ve registrando información y tus ideas en el formato de apoyo del diario de doble entrada, anexo al final
de cada lectura.
Lectura cero
El
Paso Del Mito Al Logos.
Expresión
con la que se hace referencia al origen de la filosofía como superación de las
formas míticas y religiosas de pensamiento y al advenimiento de un pensamiento
racional que incluye tanto la filosofía como la ciencia.
El origen de esta forma
superadora del pensamiento mítico se sitúa en la Grecia del siglo VI antes
de nuestra era, más concretamente en Jonia, y es obra fundamentalmente de los
filósofos de la escuela de Mileto: Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Siguiendo a
Guthrie, se podría decir que tal paso «se produjo cuando empezó a cobrar forma
en las mentes de los hombres la convicción de que el caos aparente de los
acontecimientos tiene que ocultar un orden subyacente, y que este orden es el
producto de fuerzas impersonales». Según Platón y Aristóteles, esta mutación
sería fruto de la admiración.
Esto
supone un logro extraordinario ya que, en el contexto de la época en que se
produjo, lo normal y más probable eran las explicaciones de orden sagrado,
religioso y mítico que apelaban a seres personales y sobrenaturales con poderes
extraordinarios. (En un período ya tardío Epicuro señala, de manera
contundente, el abandono del mito para dar lugar a la explicación racional:
«basta con que se excluyan los mitos; cosa que es posible, si en perfecto
acuerdo con las apariencias o fenómenos, los consideramos como signos de lo que
no aparece», Carta a Pitocles, 71).Pero si bien la mayoría de los autores están
de acuerdo en señalar en los milesios el origen del pensamiento filosófico y
científico-racional, no hay una interpretación única de las causas que
produjeron tal paso del mito al logos. En este sentido fue famosa la polémica
que enfrentó a Burnet con Cornford. Según Burnet los filósofos jonios habían
franqueado «la vía que la ciencia, a partir de este momento, no ha tenido más
que seguir». Esta idea implicaba la suposición de que el pensamiento racional -
la filosofía en su forma originaria - había hecho aparición de un modo
repentino, sin historia previa que investigar, como una «milagro» griego debido
a las supuestas peculiaridades del espíritu griego. Esta tesis del «milagro
griego» no explicaba realmente nada y, además, mostraba un cierto eurocentrismo
al no querer tampoco reconocer las influencias de los saberes babilonios y
egipcios sobre los primeros pensadores griegos. Ante dicha concepción, Cornford
sostuvo la tesis (en De la religión a la filosofía, 1912 y en Los orígenes del
pensamiento filosófico griego, 1952), según la cual la cosmología de los
primeros jonios procedía de una reinterpretación y prolongación de los mitos
cosmogónicos y teogónicos griegos (narrados por Homero y Hesíodo). En la Teogonía de Hesíodo se
pueden distinguir dos narraciones distintas del mito primordial. En una, el
relato habla de dioses; Zeus lucha contra Tifón, el poder de la confusión y el
desorden, para lograr la soberanía del universo. Este tipo de narración, del
tipo de los mitos de renovación y de los llamados mitos de la realeza
(parecidos a los dramas ritualizados que se representaban en Babilonia, con el
principal protagonismo del rey que confirmaba, así, su dominio sobre la
naturaleza y la sociedad), tuvo sentido en el ámbito de la antigua monarquía
micénica. Pero la caída del imperio micénico y la expansión de los dorios por
el Peloponeso, Creta y Rodas, inicia una nueva fase de la civilización griega
(el denominado mundo homérico). Los ritos perdieron su función y su antiguo
sentido. A esta fase corresponde la segunda versión en la Teogonía de los mitos de
los orígenes: la lucha por el orden no es ahora obra de dioses, sino de
principios naturales, aunque todavía con resonancias míticas: Caos, Luz, Día,
Noche, Cielo, Tierra, Eros. Esta segunda versión de los mitos cosmogónicos
actuó como modelo a las primitivas abstracciones de los físicos jonios: aquello
que en el mito son poderes naturales personificados, en los milesios son
cualidades abstractas naturales: lo que son se explica por las cualidades
empíricamente conocidas, aunque pensadas abstractamente y generalizadas. De
esta manera dice Cornford que «en la filosofía, el mito está racionalizado».
A partir de Cornford no se pone
en duda el papel sistematizador de Hesíodo, pero no puede aceptarse que la
filosofía sea simplemente una racionalización de los mitos. Para Hesíodo los
orígenes de la tierra, del cielo, del océano y de todo cuanto contienen,
todavía es fruto de matrimonios y de la procreación entre personajes
sobrenaturales, y todavía manifiesta una excesiva proyección de la estructura
social misma en los relatos míticos. No obstante, se reconoce que influyó
directamente en el afán de encontrar un orden más allá del caos, y en la
búsqueda de un único arkhé. Además, se debe reconocer la influencia que
ejercieron los saberes técnicos de los antiguos babilonios y de los egipcios,
aunque es cierto que estos pueblos habían desarrollado técnicas eficientes,
mediante un proceso de ensayo y error y mediante la búsqueda de correlaciones,
pero nunca se habían preguntado por los fundamentos de dichas técnicas ya que,
en sus culturas, el ámbito de las causas seguía estando dominado por el
dogmatismo religioso.
La conjunción de los factores
sociales (el fin de la monarquía micénica y los cambios sociales
correspondientes; la ausencia de castas sacerdotales entre los griegos del S.
VI a.C.; el afán sistematizador de Hesíodo y la influencia de los saberes de
otros pueblos, juntamente con la misma situación geográfica de Jonia en un
cruce de civilizaciones) es la que permite entender este «paso del mito al
logos», en el que jugó también un papel importante el desarrollo de una
escritura alfabética.
Como
fruto de estos procesos surgió, según J.P. Vernant, un pensamiento que excluye
la presencia de dioses como explicación de la naturaleza, y la presencia de un
pensamiento abstracto que se constituirá en el fundamento de la inteligibilidad
de los procesos naturales sometidos al cambio: el (logos), o razón, o idea, o ley universal. El
primer elemento dependió de su relación con el mito cosmogónico griego
racionalizado; para entender y explicar el segundo, hay que recurrir, según
Vernant, al proceso histórico de la constitución de la polis griega como
elemento determinante de la aparición de la racionalidad: «la razón griega
-dice- aparece como hija de la ciudad». A su vez, en ambos procesos jugaron un
papel destacado la transmisión del saber mediante la palabra escrita y no ya
meramente por tradición oral, y -como lo destaca Popper- la actitud crítica.
Diccionario
de filosofía en CD-ROM. Copyright © 1996. Empresa Editorial Herder S.A.,
Barcelona. Todos los derechos reservados. ISBN 84-254-1991-3. Autores: Jordi
Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.
Filosofía y paradoja:
El papel central de los grupos aporéticos[*]
1. La
tarea de la filosofía.
La filosofía no tiene un objeto de estudio distintivo, pues todo es
relevante para sus ocupaciones, siendo su tarea la de proporcionar una suerte
de expositio mundi, una guía de la
realidad para viajantes sin restricciones. La misión de la filosofía es
preguntar y responder, de una manera racional y disciplinada, todas aquellas
cuestiones acerca de la vida en este mundo que la gente se pregunta en sus
momentos reflexivos. En el primer libro de la Metafísica, Aristóteles nos dice que “es a través
del preguntarse que los hombres comienzan hoy –y en un principio comenzaron- a
filosofar, preguntándose, primero, acerca de perplejidades obvias, luego, en
progresión gradual, planteando también preguntas sobre los grandes temas, e.g., el origen del universo” (982b10).
La filosofía lucha así por alcanzar esa integración sistemática del
conocimiento que las ciencias inicialmente prometieron pero que nunca se las
han arreglado para entregar debido a su creciente división del trabajo y su
inacabable búsqueda del detalle especializado. Tratando con el ser y el valor
en general –con la posibilidad, la realidad y el valor- los intereses de la
filosofía son universales y omniabarcantes; la filosofía es demasiado inclusiva
y omniincluyente como para tener un rango delimitado de interés. Tampoco tiene
un método distintivo, pues sus
procedimientos de investigación y razonamiento son demasiado variados y
diversificados como para darle una identidad exclusiva. Lo que caracteriza a la
filosofía es su misión de lidiar con las “grandes preguntas” concernientes al
hombre, al mundo y su lugar dentro de las cosas, haciendo uso en este esfuerzo
de cualesquiera medios que tenga a la mano.
Ni individual ni colectivamente
empezamos los humanos nuestra indagación con las manos vacías o con una tabula rasa. Sea como individuos solos o
como generaciones enteras, siempre
empezamos con una herencia cognoscitiva diversificada, siendo herederos de esa
gran masa de información y desinformación que constituye la “sabiduría
acumulada” de nuestros predecesores –o de aquellos a los que escogemos
escuchar-.
Pero precisamente, ¿qué
tipo de cosas constituyen “los datos de la filosofía? Estas incluyen:
1)
Creencias del sentido común, conocimiento común y las
que han sido “las convicciones ordinarias del hombre común” desde tiempos
inmemoriales;
2)
Los hechos (o pretendidos hechos) proporcionados por
la ciencia de la época; las concepciones de “expertos” y “ autoridades” bien
informados;
3)
Las lecciones que derivamos de nuestro trato con el
mundo en la vida diaria;
4)
Las opiniones recibidas que constituyen la concepción
del mundo de la época; concepciones que concuerdan con el “espíritu de los
tiempos” y las convicciones que integran el contexto cultural propio;
5)
La tradición, el saber popular heredado y la sabiduría
ancestral (incluyendo la tradición religiosa);
6)
Las “enseñanzas de la historia” tan bien como podemos
discernirlas.
Ninguna fuente posible de información acerca de cómo
son las cosas en el mundo deja de ser provechosa para la filosofía. El rango
completo de los (pretendidamente) establecidos “hechos de la experiencia”
suministra los inputs
extrafilosóficos para nuestro filosofar –los materiales, como quien dice, de
nuestras reflexiones filosóficas.
Los “lugares comunes” (endoxa) que yacen en la raíz del
filosofar pueden, por supuesto, incluir también ciertos compromisos
parroquiales que no representan hechos (pretendidos), sino lo que
explícitamente se reconoce como meras creencias del grupo –lo que “nosotros los
estadounidenses” o “nosotros los liberales” creemos. Estos compromisos
parroquiales pueden hacerse a un lado para los propósitos presentes. No es que
carezcan de importancia –muy por el contrario. Pero subyace profundamente en la
naturaleza de la empresa filosófica que debiera esforzarse (en cualquier caso) en “proceder dentro de los límites
de la mera razón”; en intentar y proponerse abordar los asuntos por medios
universalmente asequibles.
No necesitamos, desde
luego, aceptar todos estos supuestos “dados” como hechos certificados que deben
ser suscritos de manera completa e incondicional. Todo dato es revocable;
cualquier cosa podría en el análisis final tener que ser abandonada, sin
importar su origen: ciencia, sentido común, conocimiento común, todo el
conjunto. Nada es inmune a la crítica y el posible rechazo; todo se halla
potencialmente en riesgo. Un teórico reciente escribe: “Ninguna teoría
filosófica, o cualquiera otra, pueden proporcionar una concepción que viole el
sentido común y permanezca lógicamente consistente. Pues la verdad del sentido
común es supuesta por todas las teorías […] Esta necesidad de conformarse al
sentido común establece una restricción sobre las interpretaciones que las
teorías filosóficas pueden ofrecer.”[†] Basura y tontería. El
paisaje filosófico está contaminado con teorías que pisotean al sentido común.
No hay vacas sagradas en la filosofía –y menos que nada, el sentido común-.
Conforme la filosofía se aplica a su trabajo de volver coherentes nuestras
creencias, tendremos que renunciar a algo a lo que estamos profundamente
apegados, y nunca podemos decir de entrada dónde caerá o no caerá el golpe.
Consideraciones sistemáticas pueden al fin conducir a dificultades en cualquier
punto.
Todos los datos debieran,
sin embargo, ser tratados con consideración. Todos son “posibles”, ejercen
algún grado de presión cognoscitiva y presentan algunas demandas sobre
nosotros. Pueden no constituir un conocimiento irrefutablemente establecido,
pero sin embargo tienen algún grado de mérito epistémico, y dada nuestra
situación cognoscitiva, sería muy conveniente si resultaran verdaderos. El
filósofo no puede simplemente darle la espalda a estos datos sin mayor
discusión.
Aun así estos datos no dejan de ser,
en modo alguno, problemáticos. La restricción que ponen sobre nosotros no es
perentoria y absoluta; no representan certezas a las que debamos asirnos a toda
costa. Lo que debemos a estos datos, en última instancia, es respeto, no
aceptación. Incluso el más simple de los “hechos simples” puede ser
cuestionado, como desde luego algunos de ellos lo han sido. Pues estos datos
constituyen una plétora de hechos (o de pretendidos hechos) tan amplia como
para amenazar hundir cualquier barco que transporte una carga tan pesada. La
dificultad es –y siempre ha sido- que los datos de la filosofía proporcionan
una confusión de riquezas. Engendran una situación de sobrecompromiso
cognoscitivo dentro del cual surgen inconsistencias. No son solamente datos
múltiples y diversificados, sino que invariablemente arrojan resultados
discordantes. Tomados todos juntos en su gran totalidad, los datos son
inconsistentes.
Los estándares rigoristas de la
ciencia indican que los datos siempre subdeterminarán a las teorías en
este dominio. Pero en filosofía el asunto es diferente. Los estándares
relajados que definen el carácter de los datos filosóficos significan que los
datos sobredeterminarán a las teorías. Los datos concernientes a los
asuntos filosóficos son generalmente inconsistentes; las aseveraciones posibles
que constituyen el “conocimiento acumulado” contienen tal diversidad de
aserciones y afirmaciones que se vuelven incompatibles. Conforme nos ponemos a
responder nuestras preguntas acerca del mundo, empezamos en una condición de
disonancia cognoscitiva en la cual las aserciones que apelan a nuestra lealtad
son inconsistentes una con la otra. Nuestras inclinaciones iniciales a creer
ciertas cosas engendran un sobrecompromiso cognoscitivo: las respuestas que
consideramos convenientes y prometedoras para responder algunas preguntas en
algunos contextos entran en conflicto con las que adoptamos en otros.
Justo aquí yace el quid del asunto.
Dos preceptos concernientes a la misión de la indagación racional despliegan el
escenario para la filosofía:
1. ¡Responsa
a las preguntas! Diga lo suficiente para satisfacer su curiosidad acerca de las
cosas.
2. ¡Mantenga
consistentes sus compromisos! No diga tanto que algunas partes entren en
conflicto con otras.
Hay
una tensión entre estos dos imperativos, entre los factores de compromiso y
consistencia. Nos encontramos en la desconcertante situación del conflicto
cognoscitivo, con diferentes tendencias de pensamiento tirando en direcciones
divergentes. La tarea es dotar de sentido a nuestros compromisos cognoscitivos
discordantes e impartirles coherencia y unidad hasta donde sea posible.
El
filosofar se mueve siempre a través de dos etapas. Primero hay una etapa
“presistémica”, en la que confrontamos un grupo de compromisos tentativos,
vistos todos como más o menos aceptables, pero que son colectivamente
insostenibles debido a su incompatibilidad. Subsecuentemente viene una fase
“sistemátizadora” para encarar las inconsistencias del material en bruto
representado por los “datos”. Y esto se convierte en un asunto de poda
eliminadora y limpieza en la que la consistencia es restaurada.
La filosofía se enraíza en la
contradicción, en las creencias en conflicto. Los problemas filosóficos surgen
en un escenario cognoscitivo, no totalmente de nuestra hechura, que es racionalmente
intolerable; el conjunto total de aseveraciones que consideramos posible nos
conduce a inconsistencias lógicas. La situación cognoscitiva es siempre
profundamente problemática en su etapa inicial y presistémica. El ímpetu para
filosofar surge cuando volteamos hacia atrás para mirar críticamente lo que
sabemos (o pensamos que sabemos) acerca del mundo y tratamos de dotarlo de
sentido. Queremos una explicación que pueda acomodar óptimamente los datos,
reconociendo que no se puede, al final, aceptarlos a todos por lo que aparentan
valer. La filosofía no nos dota con nuevos hechos básicos; se esfuerza por
sistematizar los viejos en estructuras coherentes mediante las cuales podemos
significativamente abordar nuestras preguntas más amplias. El motor original
para filosofar es la urgencia de adecuación sistémica, de traer consistencia,
coherencia y orden racional al marco de lo que aceptamos. Su trabajo es un
asunto del disciplinamiento de nuestros compromisos cognoscitivos para
dotarlos en su totalidad de un sentido. Y es así que las exigencias de
consistencia racional pasan a un primer plano.
La tarea clave de la filosofía es así
la de impartir orden sistémico en el dominio de los datos relevantes, hacerlos
coherentes y, sobretodo, consistentes. De hecho, podría definir la filosofía
como la sistematización racional de nuestros pensamientos sobre los asuntos
básicos, de los “primeros principios” de nuestro entendimiento del mundo y
nuestro lugar en el. Nos involucramos en la filosofía en nuestro esfuerzo por
dotar de sentido sistemático a los “hechos” extrafilosóficos, cuando tratamos
de responder las demás preguntas sistematizando lo que pensamos que sabemos
acerca del mundo, desarrollando nuestro “conocimiento” hasta sus últimas
conclusiones y combinando ítems usualmente mantenidos en conveniente
separación. La filosofía es la policía del pensamiento, por así decirlo, el
agente a cargo de mantener la ley y el orden en nuestros esfuerzos
cognoscitivos.
La pregunta “¿debiéramos filosofar?”
obtiene así una respuesta directa. El ímpetu para filosofar se halla en nuestra
naturaleza de inquiridores racionales: seres que tienen preguntas, exigen
respuestas y quieren que estas respuestas sean convincentes. Los problemas
cognoscitivos surgen cuando las cosas no se ajustan a nuestras expectativas, y
la experiencias del orden racional es la más fundamental de todas. El hecho es
simplemente que debemos filosofar; es un imperativo contextual para una
criatura racional.
v De acuerdo a Rescher ¿qué le da sentido a la actividad filosófica?
v Vista así, ¿la filosofía es importante para ti, para nosotros?
v Entonces, ¿cuál es la tarea de la filosofía? ¿debemos filosofar?
2.
Antinomias y sobrecompromiso cognoscitivo
Un
grupo aporético es una familia de tesis filosóficamente relevantes, de
tal tipo que:
1. hasta
donde llegan los hechos conocidos, hay buena razón para aceptarlas todas; la
evidencia asequible habla bien de todas y cada una de ellas, pero tomadas
juntas son mutuamente incompatibles;
2.
la familia entera es inconsistente.
Un
grupo tal es un conjunto de proposiciones por lo demás afines que,
desafortunadamente, resultan ser mutuamente inconsistentes. No pueden todas ser
correctas; su misma inconsistencia elimina tal perspectiva; pero son
todas razonablemente verdaderas, todas aparentemente aceptadas y hasta
cierto punto atractivas.
En tal situación, no podemos
simplemente apelar a “la evidencia” para arreglar las cosas. La evidencia ha
hablado ya y ha hecho bastante bien todo lo que puede hacer en el momento en
que la dificultad surge. Y así, mientras que sabemos (gracias a la
inconsistencia) que algo esta equivocado, no podemos decir qué es
lo que esta fuera de lugar.
Podríamos, en teoría simplemente
suspender el juicio en tal caso y abandonar el grupo entero más que tratar de
salvar la dificultad para “salvar lo que podamos”. Pero este es un precio
demasiado alto para pagarlo. Al tomar el camino de abandonarlo todo,
renunciamos a demasiado privándonos de las respuestas a demasiadas preguntas.
Podríamos recontar nuestra información, no sólo más allá de lo necesario, sino
también más allá de lo que es cómodo, viendo que tenemos algún grado de
compromiso con todos los miembros del grupo y que no queremos abandonar de
ellos más de lo que debemos.
...Una aporía da lugar a un grupo de
argumentos válidos que conducen a conclusiones mutuamente contradictorias, aun
cuando cada uno posee solo tesis probablemente verdaderas como premisas. Está
claro en tales casos que algo no funciona, aunque bien puede ser muy
difícil localizar el lugar preciso en donde yace el origen de la dificultad.
La solución de una situación aporética
tal obviamente llama a abandonar una (o más) de las tesis que generan la
contradicción. No importa cuan inobjetables puedan parecer estas tesis, una u
otra tiene que ser arrojada por la borda. La restauración de la consistencia es
un imperativo. Y el problema es que siempre hay modos alternativos de hacer
esto.
v Explica
que entiendes por aporía, también si consideras posible que desaparezcan de la
dinámica social.
v ¿Has
enfrentado una situación aporética? ¿Qué importancia tuvo resolverla?
…La tarea de la filosofía, como
Sócrates claramente la vio, es encontrar nuestra salida de la maleza de la
inconsistencia en la cual estamos enredados por nuestras creencias presistemáticas.
…Dado un grupo aporético, por
un lado hay razón sustancial para sostener todas estas tesis colectivamente
incompatibles porque para cada una “hay mucho que decir en su favor”. Por otro
lado, la simple exigencia de la consistencia lógica requiere la eliminación
de alguna de estas tesis. La totalidad del grupo es demasiado; algo tiene que
ser apartado.
Y aquí es exactamente donde la
filosofía comienza: no sólo con la curiosidad, sino también en el asombro y la
confusión, en las perplejidades y paradojas engendradas por la inconsistencia
de nuestras inclinaciones cognoscitivas; la curiosidad aparece porque tenemos
preguntas acerca del mundo para las cuales buscamos respuestas. Pero la
confusión también aparece porque las respuestas que nos inclinamos a dar nunca
son totalmente obligatorias; ni siquiera, tal y como están, completamente
compatibles entre sí. Al responder nuestras diversas preguntas acerca del mundo
y nuestro lugar dentro de él, llegamos a asumir compromisos que engendran
sobrecompromiso, de modo que nos vemos precipitados en la perplejidad.
Los problemas filosóficos
surgen cuando las discrepancias afloran conforme conducimos nuestros asuntos
cognoscitivos, porque hay discordia y falta de armonía en las respuestas que
damos a preguntas relevantes. Los
problemas filosóficos se enraízan en el conflicto, la disonancia, la
incoherencia, la incongruencia. Una misión primaria de la empresa es suavizar
las cosas. La filosofía trata de hacer en nuestro paisaje cognoscitivo lo que los constructores romanos
de caminos en el paisaje físico de su mundo: desarrollar caminos directos,
suaves, que hicieran posible moverse más fácilmente, con menores obstáculos y
frustraciones.
En equipo elabora un mapa,
mental o conceptual que sintetice las ideas centrales y relevantes que hayas
comprendido sobre la tarea de la filosofía, al terminar, intercambia los
resultados con otro equipo y a partir de esta información, redacta en equipo
para entregar en la página Edmodo, una breve reflexión que sintetice sus ideas
acerca de la tarea de la filosofía.
¿Qué es un trasfondo[‡]
filosófico?[§]
En esta breve nota me
ocupo de aclarar dos cuestiones. La primera de ellas es el significado de
trasfondo filosófico y la segunda, quizá de mayor interés, su importancia
práctica (i. e., la importancia de
descubrir el trasfondo de una persona y evitar discusiones inútiles o acuerdos
aparentes con ella, por la ingenuidad de creer que se está o puede estarse
hablando de lo mismo en un momento dado).
Una aclaración previa. Estas líneas las he preparado
para un público no experto en filosofía, aunque el especialista también hallará
en ellas un contenido útil para comprender mejor muchas de las discusiones que
suelen darse en el terreno filosófico y práctico, a veces por desacuerdos de fondo
y otras por desacuerdos aparentes.
¿Qué significa trasfondo
filosófico?
Lo primero que debemos
precisar es que trasfondo se refiere
a lo que está detrás, lo que está en la base de algo, lo que permite que una
cosa esté de alguna manera apoyada. Ahora bien, decimos que este trasfondo es
filosófico cuando se refiere al conjunto
de creencias que se encuentran en la base del pensamiento de una persona.
Dado que la definición encierra varios puntos haré
primero una exposición y examen de ellos.
Origen del desacuerdo.
Supongamos que dos
personas no parecen ponerse de acuerdo. ¿Qué es lo que pasa?
1.
Supongamos además que, prima facie, no parece ser una de esas
cuestiones en donde es claro que se encuentran hablando de dos cosas distintas,
llamémosle a este caso desacuerdo en
cuanto a los hechos.
2.
Tampoco parece tratarse de
aquel desacuerdo en donde cada uno valora de distinta manera al mismo hecho,
llamémosle a este otro caso, desacuerdo
en cuanto a la valoración o estimación del hecho. Tampoco [algo que ya no
resulta tan obvio para muchos], se trata de un desacuerdo verbal, el cual
aparece cuando las personas emplean palabras iguales con sentidos distintos.
Entonces ¿qué es lo que
pasa?, ¿por qué no están de acuerdo?
3.
Una última respuesta
sería; porque en principio no pueden estar de acuerdo, aunque parecen estar
hablando de algo similar, en realidad cada uno tiene parámetros distintos de lo
que es “real” “importante”, “valioso”, “central”, “indiscutible”, “obvio”,
“creíble”, “aceptable”, etc. En otras palabras tienen diferentes concepciones
del mundo, de lo real, etcétera.
Analicemos más este punto ¿por qué no están de
acuerdo? Porque tienen distinto trasfondo filosófico. Cada uno tiene en el
fondo una manera de ver el mundo, de concebirlo y, por ende, dado que sus razonamientos
en el fondo guardan cierta coherencia con sus principios o creencias
básicas, ninguno puede ceder ante las dificultades de la discusión. Cada
uno, por decirlo así, opta por preferir su trasfondo y no logra comunicarse con
el otro.
Si alguno cediera un poco
e intentara ver o concebir como el otro, entonces habría elementos comunes,
premisas, datos, percepciones que valdrían para la discusión. Empezaría un
trasfondo común. ¿Pero en qué consiste más específicamente un trasfondo? ¿Cuáles
serían estas creencias?
¿Cómo se forma el trasfondo?, ¿qué incluye? Y ¿para qué sirve?
El trasfondo se forma con las creencias que adoptamos
de manera consciente o inconsciente, a veces por reflexión pero, en general,
por educación.
El ambiente familiar
genera una gran cantidad de éstas: “la tradición familiar es ir a misa”, “como
tu abuelo decía, hay que decir siempre la verdad”, etc. Las costumbres de una comunidad son parte del trasfondo que
la persona hereda por pertenecer a ella, quizás posteriormente reaccione y se
vuelva contra ellas, lo que será mal visto por la comunidad: ser hospitalario,
ser directo o franco, etc. El tipo de educación escolar implica un constante
juego de intercambio de creencias en donde el alumno se ve influido en mayor
grado por los maestros.
Los trasfondos a veces
chocan, a veces se tocan en algo al parecer común, pero en general ocurre que
una de las personas acaba cediendo ante “lo duro” de las creencias de la otra.
El adoctrinamiento suele ser uno de los fenómenos en donde el trasfondo de
alguien se impone sobre el otro. Lo llamamos adoctrinamiento porque no es una
creencia, sino todo un corpus; toda
una doctrina de pensamiento; de una forma de pensar o de ser, una forma de
vivir y de actuar.
Ahora bien, estas
creencias básicas son respuestas a preguntas fundamentales, las cuales tienen
que ver con un grupo de problemas, sin duda, filosóficos. Esto es, problemas
cuyas preguntas envuelven un cierto aire de dificultad, y cuyas respuestas son
en apariencia “finales”, “duras”, “sólidas”, “fuertes, “obvias”, etc. (Otros
términos podrían usarse aquí pero pertenecen más al vocabulario de los
filósofos como, por ejemplo, “últimas”).
Comúnmente la gente las
reconoce diciendo: “suena bien” o simplemente, por la naturaleza de este tipo
de respuestas las acepta o las rechaza sin más, diciendo: “bien, te
creo; no tengo más que aceptarlo”; o bien, “no sé por qué, pero no puedo creer
eso”.
Algunas preguntas
filosóficas que dan origen al trasfondo son[**] las que nos llevan a una
concepción del universo, del hombre, de lo bueno y de lo malo, y sobre la(s)
forma(s) de corregir lo que hay de malo en el hombre. Veámoslas por separado.
1.
Sobre el universo como un todo: qué existe, cuál es su
naturaleza última, por qué es como es, para qué o qué finalidad tiene, etc.
Estas preguntas darán como resultado una teoría sobre la naturaleza del
universo. Un ejemplo sería: el cristianismo se compromete con la respuesta de
que el universo es algo creado, con un fin dado por su Creador, y que éste es
bueno, todopoderoso y además lo sabe todo; la historia humana se entiende en la
medida en que se atiende a la revelación de los propósitos divinos establecidos
para ella. En contraste, por ejemplo, un trasfondo como el marxismo sostendría:
el universo abarca todo lo que existe y no hay nada más allá de él, es
material, y todo en él está determinado por las leyes de la naturaleza, niega
además todo tipo de creencia religiosa.
2.
Sobre el hombre: qué es, cuál es su naturaleza última,
por qué y para qué existe, etc. El resultado de estas preguntas de lugar a la Antropología
filosófica como disciplina, la cual permite estudiar las diferentes
concepciones que sobre la naturaleza humana se han dado, entre ellas, la
platónica, la cristiana, la marxista, la existencialista, etc. El trasfondo
cristiano, por ejemplo, afirma que el hombre es algo “hecho a la imagen y
semejanza divina” como lo revelan las Escritura Sagradas (Biblia); también
afirma que el destino humano depende de su relación con Dios y que el hombre es
“libre” de aceptar o rechazar el fin dado por Dios.[††] En cambio, un tipo de
trasfondo budista, por ejemplo, afirma que el hombre mismo es la divinidad pero
que esta va de lo impersonal a lo personal convirtiéndose en humano y después
vuelve a su origen impersonal.
3.
Sobre lo que anda mal en el hombre: según unos
trasfondos, en el hombre radica la maldad, según otros, el hombre la adquiere
del mundo en el que vive (la sociedad, la misma naturaleza, etc.). Supongamos,
por ejemplo, los distintos diagnósticos sobre las enfermedades humanas. Algunos
conceptos clave ara darnos cuenta de los trasfondos serían que unos hablan de
pecado, otros de neurosis, otros de egoísmo, de alienación, etcétera.
Cada
uno trata de fundamentar su concepción de lo que anda mal acorde al resto del
trasfondo. Digamos que hay una interacción de creencias. Una vez aceptada
alguna, ella impedirá que puedan aceptarse otras. El criterio que la
racionalidad ha tomado para el rechazo es la incompatibilidad lógica.[‡‡]
4.
Finalmente, los trasfondos implican un diagnóstico de
cómo corregir lo que anda mal en el hombre: para el marxismo, por ejemplo, la
enajenación debe contrarrestarse por una lucha por la libertad: la revolución
social es una propuesta que permite el cambio y la liberación real del hombre.
A diferencia de esto, el cristianismo cree que sólo el poder divino puede
salvar al hombre del pecado.[§§]
Ahora bien, ¿para qué
sirve un trasfondo filosófico? Inter
alia, para dar apoyo último y más general a nuestras ideas, para explicar
por qué pensamos en última instancia algo de cierta manera y no de otra, para
justificar por qué actuamos de una forma en lugar de otra, para establecer qué
consideramos valioso o importante y para dar un sentido a nuestra vida. El
trasfondo permite que se tengan unos proyectos de vida y no otros.
En general, el trasfondo subyace como algo inconsciente para los que
discuten.
Para la mayoría, su trasfondo se ha constituido casi
sin participación de su voluntad.[***] La persona adquiere creencias y actúa con base en éstas y casi
nunca piensa si están fundadas, si se articulan, etc. Tampoco ha reflexionado
sobre cuáles son más básicas y cómo podrían modificarlas. Cuando la persona
llega a discutir y no puede ponerse de acuerdo con alguien sospecha simplemente
“piensa distinto”. O, cuando al principio le parece estar de acuerdo con otra,
pero después hay incongruencias en la acción, sospecha que “algo raro ocurre
con la conducta del otro”. Esto es cierto, pero cuál de los dos trasfondos está
más fundamentado, cuál es fruto de una reflexión, cuál conducta está
justificada, cuál encierra creencias falsas, cuál es mejor.
Sobre estos dos últimos
puntos diré algo más. La verdad suele
tomarse aquí como un problema relativo también al trasfondo. Qué cuenta como
verdadero y qué no, parece determinarse por el mismo trasfondo. Así, a todo
trasfondo le pertenece un conjunto de creencias básicas que tienen que ver con
una teoría del conocimiento o epistemología.[†††] También a todo trasfondo
le pertenece una axiología, una ética y una estética. De alguna forma cada persona
emplea en su vida criterios sobre los valores en general, y sobre valores
morales y estéticos en particular. Posee una idea de lo valioso, del bien y de
lo bello.
Pasemos ahora a examinar
brevemente la importancia que en la práctica puede ser consciente de la
existencia y el papel que juegan los trasfondos filosóficos.
¿Qué
importancia práctica tiene el trasfondo
filosófico?
¿Es realmente
importante un trasfondo?
Dado que esta cuestión presupone conceder que es
posible valorar un trasfondo, comenzaré diciendo que la cuestión no es
sencilla. Aun cuando alguien aceptase que es valioso tener un trasfondo, no
resulta fácil argumentar por qué. Recurriré a la pragmática para analizar el
problema.
1.
Para algunos la cuestión
es indiscutible: sin trasfondo no habría pensamiento ni acción, el ser humano
no tendría lo que llamamos conducta racional,
no habría por qué exigirle a alguien que nos dijera por qué piensa o hace tal o
cual cosa. Dado que ocurre lo contrario es que es necesario el trasfondo, de
ahí su importancia.
2.
Para otros, el problema no
se ve como cuestión de hecho, sino de valor propiamente, en sentido estricto,
si un trasfondo está más cerca de “la verdad” o explica con más éxito entonces
es mejor que otro que conduce a problemas sin solución, a lagunas explicativas,
ambigüedades, a generalidades, etc. Preferir
un trasfondo sobre otro es una cuestión de suma importancia ya que nuestra vida
(su plan global, su sentido, etc.) y la de otros se ven afectadas por nuestros
presupuestos filosóficos. Que estos presupuestos sean fruto de una reflexión es
lo mínimo que pueden exigírsele a la racionalidad humana. Con Sócrates
expresarían: “una vida sin examen no tiene objeto vivirla”.
El trasfondo en la práctica.
Al educar se emplean trasfondos. El que profesa, enseña.
Guía, o como se le quiera llamar, transmite información, emplea actitudes, y
todo está permeado por su trasfondo.
Quizás él es dogmático y
no está dispuesto a cuestionar sus principios o creencias básicas, quizás él
ignora que las tiene y que a todas horas las usa. De todas formas, el punto es
que “usa” su trasfondo y, en consecuencia, afecta la forma de ver el mundo de
otros.
Quizás él desea cuestionar
pero su labor no le deja ni tiempo ni energía para hacerlo, o si los tiene no
cuenta con el medio propicio para filosofar. ¿Qué hace, entonces? Guarda lugar
para la duda mientras enseña, se cuida de afirmar cosas como si fueran la
verdad última, reconoce que es su punto
de vista pero que éste está a la par de otros con puntos de vista aún no
reflexionados con cuidado. Tal vez sospeche que su trasfondo anda mejor que
otros porque un grupo de gente especialista
o con reconocimiento piensa como
él; sin embargo, la duda permanece frente a otros que sin contar con un grupo
mayoritario o especial profesan ideas
con un aire de seguridad y éxito.
A muchos no les preocupa
realmente el hecho de poseer un trasfondo criticable por todos los ángulos, con
desdén miran a los que dirigen su vida después de pocas o muchas reflexiones.
Gustan de no pensar las cosas e incluso se sienten maduros al creer que no
tienen necesidad de hacerlo. Con ironía viven creyendo que unos nacen para
pensar y otros para simplemente vivir. Las inconsistencias de su racionalidad,
las incongruencias entre lo que dicen creer y lo que hacen, no parece
afectarles, aunque a los que les rodean si.
Finalmente, sólo en
contados grupos se forman comunidades, escuelas, etc., donde resulta crucial el
examen continuo del trasfondo. Concebir algo como lo que no es resulta tan
funesto como creer estar embarazada sin haber concebido. Sócrates decía que
muchos creen tener ideas cuando en realidad son sólo quimeras que se desvanecen
con la mínima crítica.[‡‡‡] Estas comunidades, como
la científica o la filosófica, revisan sus concepciones constantemente y tratan
de mantener una coherencia teórica en las distintas doctrinas o formas de ver.
Sin embargo, es criticable que ambas no mantengan el mismo rigor en la
congruencia teoría-práctica. La manera de pensar muchas veces no caza con la
forma de actuar o de vivir. Digámoslo así, hay conciencia mental de la
importancia del trasfondo pero no conciencia existencial. Hasta aquí estas
líneas.
Campirán, Ariel, Filosofía de la
existencia, pp. 59-63.
Ahora, redacta un texto que sintetice tus ideas sobre esta lectura,
resaltando los aspectos relacionados con tu vida cotidiana. A partir de este
escrito, elabora un mapa mental o conceptual en equipo.
Diario de doble entrada
Cita, frases
u oraciones, especialmente importantes para el tema.(citar página)
Mi
pensamiento acerca de la cita, frase u oración.
Lectura
Instrucciones, recuerda:
a)
Leer con atención los títulos, subtítulos o
indicaciones de cada parte del texto, al menos dos veces.
b)
Ubica y busca en un diccionario las palabras que no
sean de tu comprensión.
c)
Redacta una breve paráfrasis de cada párrafo del texto
y cita en clase, para su comentario o aclaración, aquellos que no te queden claros.
d)
Realiza las actividades señaladas en cada parte del
material.
e) Registra
información y tus ideas en el formato de apoyo para elaborar el diario de doble entrada, anexo al final
de cada lectura.
Thiebauth, Carlos, 2009, Introducción a la
filosofía, Madrid España, Fontamara. pp. 4 a
1. Atreverse a pensar y atreverse a dudar.
Tal vez quepa decir que aprendemos a
pensar aprendiendo a dudar, sometiendo a escrutinio,
a duda, a crítica, el acervo del
mundo.
Pensar fácil, pensar difícil.
Pensar es, a la vez, algo que
hacemos todos los días y algo infrecuente y escaso. Parece, entonces, que esa
palabra, pensar, se refiere, por lo tanto, a actividades muy diferentes, una
fácil y otra difícil. Empecemos por lo fácil (por lo aparentemente fácil). Es
fácil, hasta el punto de que lo hacemos casi mecánicamente, entender muchas
cosas del mundo, de las maneras como son y se comportan los que nos rodean, de
lo que queremos hacer o de lo que sabemos que se espera de nosotros porque lo
que entendemos, contiene pensamientos sencillos. Todas las actividades que
hacemos tiene metidos dentro pensamientos: por ejemplo, tomar un autobús o
encender una televisión, cosas que parecen no requerirnos pensamiento alguno,
de asimiladas que están en nuestra vida, tienen dentro un montón de cosas que
sabemos y que seleccionamos, tomamos ese
autobús, y no otro, porque sabemos que
nos lleva a tal sitio y no a otro. Hemos seleccionado, por lo tanto, dentro un montón
de informaciones que tenemos la que es relevante para lo que queremos hacer. De
igual forma, sabemos que dándole a
ese botón (y no, por ejemplo, a un interruptor que hay en la pared) se
encenderá el televisor. De todas las informaciones que tenemos, de todas las
cosas que sabemos sobre cómo funcionan los aparatos, hemos activado un
pensamiento que nos lleva a hacer específicamente esa acción y no otra (como
encender una lámpara, por ejemplo) todo ello parece sencillo y, hablando
estrictamente, parecería que no nos requiere pensar: lo hacemos, sencillamente.
Pongamos otro ejemplo: hablamos español, o castellano, y no parece que hacerlo
nos requiere pensar. No tenemos que pensar que, cuando queremos decir que
mañana iremos al cine, emplearemos precisamente esas palabras y no, por
ejemplo, “mañana fui al cine” o “ayer iré al cine” manejamos la complejísima
estructura del lenguaje sin penar (aunque a veces, como veremos en seguida,
pensar qué decimos en algunas circunstancias es complejo y difícil).
Una
manera de comprobar cómo algo que parece sencillo, que hacemos sin pensar, no
lo es tanto es comparar nuestro dominio de la lengua materna con el aprendizaje
de una lengua distinta si hemos aprendido ingles en el colegio, por ejemplo, y
tenemos que decir en esa lengua una frase sencilla como, “mañana iré al cine”,
puede costarnos casar adecuadamente los tiempos verbales, y no es raro que si
nuestro dominio no es fluido, metamos la pata en esos casos parece que tenemos
que hacer esfuerzos especiales para que lo que les sale sin problema a los
ingleses nos salga a nosotros medianamente bien y la cosa se ve más claramente
si pensamos en idiomas que nos son culturalmente más lejanos, porque no hemos
tenido contacto con ellos desde niños, como el alemán o el chino.
Un
último ejemplo de la complejidad de este “pensar fácil” es entender a los demás
normalmente, y porque sabemos cómo
son nuestros padres o nuestros amigos, sabemos
cómo tenemos que decirles determinadas cosas o qué comportamientos debemos
adoptar con ellos eso lo aprendemos por experiencia; por ejemplo, por haber
pasado buenos ratos con ellos o sobre todo, por haber tenido conflictos con
ellos y por haberlos resuelto, cómo también aprendemos por experiencia a
interpretar los comportamientos de otras personas con las que circulamos por la
calle o con las que vamos en autobús si nos damos cuenta, siempre estamos
interpretando a los demás, aunque no necesitemos hacerlo de manera explícita y
nos sale sin esfuerzo: qué harán, qué no harán; si van a ir por la derecha,
tiramos a la izquierda para no toparnos en la acera, si van a salir en la
siguiente parada, nos retiramos para que pasen.
Si
alguien nos preguntara, en todos estos casos, por qué subimos a aquel autobús,
por qué le dimos a aquel botón, por qué empleamos aquellas palabras, por qué
les dijimos a nuestros amigos, algo de manera determinada o por qué nos
retiramos de la puerta del autobús para que se bajara un pasajero,
contestaremos dos tipos de cosas: una primera porque queremos algo, como ir a
un sitio, ver un programa o hacer un plan, pasarlo bien en compañía o no
bajarnos en aquella parada sino en otra todo esto tiene que ver con nuestros
deseos, con nuestros proyectos, y sobre eso volveremos más adelante; pero
también contestaremos que todas esas cosas tienen que ver con cosas que
sabemos, con conocimientos que tenemos y damos normalmente por descontados
nuestro conocimiento del mundo y de los demás, lo que sabemos es, de entrada, un conocimiento cotidiano que damos por
sentado; normalmente nos resulta sencillo manejarnos en ese conocimiento: es
aproblemático, es decir, ni nos crea problemas ni funciona cuando hay
problemas.
Y eso
es, quizá lo más importante: lo que damos por sentado, lo cotidiano, lo que
sabemos sin pensarlo mucho, es el conjunto de comportamientos y de situaciones
las que nos vale las recetas hechas de lo que ya sabemos. Hemos dicho >; en efecto, todo eso que ya sabemos parece que no tuviera que ver
con pensar. En ese contraste en lo que ya se sabe y el pensar parece que
estamos oponiendo algo que tenemos –almacenado en nuestra memoria, en los
movimientos casi mecánicos del cuerpo o de las interacciones sociales- con algo
que hacemos –el pensar- que requiere un cierta actividad y un cierto esfuerzo.
Esto
que hacemos con esfuerzo, el pensar, es precisamente el “pensar difícil” al que
antes aludíamos. Cuando decimos que >
parece, en efecto, que tenemos que hacer algo con la mente o con lo que sea que
piense de nosotros: parece que es solamente entonces cuando tenemos una
actividad y realizamos un trabajo. Sin embargo eso no debe ser exactamente así:
no parece que pueda no haber algo de la actividad de pensar metido en aquellas
tareas que llamábamos del pensar fácil. También lo que ya sabemos
cotidianamente tiene que tener metido dentro algún pensamiento, algún hacer
nada fácil. Para comprobarlo no tenemos más que fijarnos que no es infrecuente
que existan fallos y fallos importantes en nuestro saber cotidiano. A veces lo
que sabemos, o que creíamos, nos chirría y nos pone dificultades. Por ejemplo,
nos equivocamos al subir al autobús (eso puede ser irrelevante, pero también
importante en algunas circunstancias) o –más grave aún- podemos equivocarnos al
interpretar a los demás, al concebir lo que quieren o lo que esperan de
nosotros. Es decir podemos encontrarnos en problemas cuando lo que pensábamos,
o damos por descontado, no nos funciona. En casos graves puede que incluso
empecemos a concebir que no entendemos el mundo o a los demás, y que algo grave
está pasando.
No es,
por lo tanto, que lo que sabemos en la vida cotidiana, no tenga adentro una
actividad; no es que no tenga “pensamiento” o, por emplear un término al que le
iremos dando vueltas, “racionalidad”: es que ese pensamiento y esa racionalidad
suelen aparecer en la vida cotidiana, en forma fácil, como lo ya sabido. Pero lo sabido tiene detrás pensamiento y esfuerzo, y trabajo: tiene una
actividad que llamamos mecanizada, aunque no seamos máquinas. Y que no es
infrecuente que tengamos que poner a trabajar lo que sabemos se muestra,
precisamente, cuando topamos con problemas y cuando lo que sabemos no funciona
como suponíamos que tenía que funcionar. Se muestra también cuando el mundo que
vemos funcionar –la gente que anda por la calle, de quienes nada sabemos, o la
gente cercana de quienes sabemos implícitamente mucho- se nos torna borroso y
no lo entendemos; y nos inquietamos por ello.
Si
muchas de las cosas que nos pasan en la vida cotidiana nos desasosiegan y se
nos vuelven problemas ante los que no sabemos muy bien que hacer (quisiéramos,
de hecho, que desaparecieran esas situaciones, no quisiéramos que nos hubieran
pasado, no quisiéramos estar en ellas), y si muchas de esas cosas nos demandan
algo (como tomar alguna decisión, hacer algo), entonces quiere decir que su
borrosidad tiene dentro algo con lo que podemos hacer algo: a eso podemos
llamarlo también pensamiento.
La
razón por la que es necesario insistir en que hay pensar metido de por medio
incluso ahí donde parecería no haberlo, es sencilla: sino hubiera pensamiento
ahí, la borrosidad del mundo se nos haría insoportable; no podríamos nunca ni
hacerle frente, ni despejarla. No podríamos tampoco reaccionar ante los fallos
de nuestro saber cotidiano, no podríamos rectificar errores, ni corregir
acciones o tipos de acciones que llevan a fracasos o a situaciones sin salida.
Si no hubiera pensamiento o racionalidad en nuestras acciones cotidianas –si no
hubiera actividad racional en todo actuar-, no podríamos ni siquiera entenderlas.
Y si alguien nos objeta que muchas veces nuestras acciones no son racionales,
pues no es infrecuente que operemos por impulsos, o que todos nuestros no
contienen lo que estamos llamando pensamientos, pues muchos de ellos son
producto de deseos que no podemos controlar racionalmente (como una adicción o
una pasión erótica), tendremos que contestar, aunque sea provisionalmente (pues
sobre ello volveremos más adelante), que, en el sentido en que aquí estamos
empleando la palabra “pensamiento”, también los impulsos y los deseos contienen
pensamientos. Precisamente por eso los podemos definir y entender
(diferenciamos, por ejemplo, una atracción sexual de la ira, o la vergüenza que
a veces nos inunda de la sed que nos lleva corriendo a una fuente), aunque a
veces no podamos controlarlos. Los podemos describir, podemos alegrarnos de
ellos o reprocharnos haberlos sentido… La cuestión del control de los deseos,
si es que así se puede hablar, no es exactamente de lo que aquí estamos
hablando, aunque se derive de ello como un problema. Sólo estábamos indicando
que incluso con lo que parece inicialmente borroso y opaco al pensamiento
podemos hacer algo: pensarlo.
En
esas situaciones opacas o borrosas es cuando aparece lo que de difícil tiene el
pensar: tratando de entender qué falló, o por qué lo que parecía sencillo se
nos ha hecho borroso, problemático, inquietante. En esos casos queremos entender lo que pasó, y queremos saber qué hacer. Si entendemos lo que
pasó lo qué falló, es algo que hicimos (mal) y que nos daña o que daña a alguien,
que es algo que nosotros o muchos quisiéramos evitar, entonces no sólo queremos
entenderlo: queremos que no se repita, que no vuelva a repetirse. En estos
casos, el saber qué hacer puede ser equivalente a saber qué no hacer: aprendemos que hay cursos de acción que debemos
evitar porque nos dañan o dañan a otros.
Dicho
así parece fácil y lógico. Pero sabemos que no lo es. Este aprender es de los
más difíciles, y lo hacemos a base de golpes, de errores, de fracasos; y lo
hacemos todo el rato: en las relaciones con los demás, con los amigos, con
nuestra(s) pareja(s). Entender por qué una relación no siguió adelante, o por
qué no sólo no salió, sino que nos dolió o hizo daño, y saber qué no hacer en
el futuro, requiere un esfuerzo de pensamiento. Como lo ha requerido en la
historia (y es una lección), el saber que la esclavitud de los seres humanos es
repudiable o que la pena de muerte no puede ser justificada.
Lo que nos exige pensar
¿Por qué ese esfuerzo no es tan
sencillo como aquel otro de pensar fácil del que hablábamos al principio? Tal
vez porque nos exige a la vez muchas cosas: nos requiere percibir lo que es más relevante del problema; nos requiere el a
veces doloroso coraje de no engañarnos
sobre cuáles motivos; reconocer los
errores de nuestros deseos (nos equivocamos en lo que queríamos: sobre lo que
volveremos) o de nuestras creencias; nos requiere razonar sobre las causas y sus efectos en lo que pasó; nos requiere
ser coherentes con otras cosas que
hemos dado por sentadas en nuestra vida o con creencias de las que no podemos,
en este momento, dudar… Otras veces nos requiere también dudar, someter, a sospecha, criticar.
Sobre esto
último volveremos enseguida, porque quizá lo más difícil de pensar es,
precisamente, dudar. Pero antes fijémonos en la secuencia de verbos, de
acciones y de disposiciones que el pensar nos requiere: percibir, no
engañarnos, reconocer errores, razonar, ser coherentes, dudar. Todos esos son
ingredientes del pensar. Por eso, hablando estrictamente, los ordenadores no
piensan, aunque sean magníficas máquinas lógicas. Pensar con coherencia
requiere que seamos lógicos, algo que aprendemos cuando argumentamos y damos
razones; pero nuestro pensar es algo más que pensar con coherencia lógica:
reclama toda una serie de buenas maneras de hacer un montón de cosas que tienen
que ver con nuestras emociones (como tener el coraje de no engañarnos) y con
nuestras percepciones (como saber qué es lo relevante); con nuestra constancia
(que viene reclamada por la coherencia) y con nuestra seriedad.
Todas estas
buenas maneras pueden llamarse sencillamente por su viejo nombre: son virtudes.
Las virtudes no son solo maneras de ser lo que llamamos “buenas personas” (sea lo que eso sea), aunque también: son, por
lo que ahora nos importa, buenas maneras de hacer bien las cosas en este
esfuerzo del pensar y que, como vamos
viendo, nos implican por entero: implican nuestra cabeza, y nuestro corazón,
nuestro cuerpo y nuestra mente (si es que se pueden separar). Pero son –no lo
olvidemos- buenas maneras de hacer algo que tiene que ver con nuestro
razonamiento, con nuestro pensamiento, para entender y para sacar
consecuencias. Atreverse a pensar es aprender a hacerlo, y el pensamiento de
los humanos, cuando va al fondo de las cosas cada día, es una forma de constante,
sistemático, nada obvio aprendizaje.
Obsérvese que
en lo que vamos diciendo no estamos presuponiendo que tengamos que ser buenas
personas para pensar: también parece que pueden y deben pensar “los malos”,
sean estos quienes sean (cada uno de nosotros nos entendemos, de entrada, como
“buenos” desde nuestras perspectivas, pero podemos ser “malos” desde la
perspectiva de otros). Más adelante tendremos que abordar con cuidado ese
inmenso problema, el problema de los amigos y de los enemigos, de las perspectivas
que se ponen en práctica en el juicio moral. Por ahora nos basta con saber que
lo que hay de difícil en el pensar radica en que pensar, razonar, nos requiere
casi por entero y de una manera adecuada, con todas esas virtudes del
conocimiento que hemos indicado.
Ahora bien,
¿cómo aprender a pensar? ¿Cómo se aprende a percibir, a no engañarnos, a
razonar, a reconocer los errores, a ser coherentes, a dudar? Una cosa podemos
decir: que se aprende paso a paso, poco a poco. Si dijéramos que todo eso que
se requiere en el pensar se requiere de golpe, a la vez; que a la vez tenemos
que ser sinceros o no engañarnos, y tener la constancia para ser coherentes, y
la perspectiva para saber dudar… probablemente tendríamos que concluir que
pensar no es ya difícil, sino imposible. De hecho, cuando tenemos dificultades
para entender algo es porque no nos falla solo una de esas cosas, sino varias.
Y cuanto más grave es el problema al que nos enfrentamos, o más borrosa e
incomprensible la situación ante la que nos hallamos, más de esas virtudes del
pensamiento se nos requieren.
Hay dos rasgos
que acabamos de sugerir de pasada y que merecen algo más de atención antes de
regresar a las dificultades del aprender a pensar. Hemos dicho que las
situaciones o los problemas que nos requieren pensar son complejos de distintas
maneras, y hemos hablado tanto de cosas aparentemente
muy sencillas, como tomar un autobús, y de cosas explícitamente muy complejas, como las relaciones amorosas,
indicando que en todas ellas anda metido, y probablemente, el pensamiento –un
pensamiento que será también complejo de maneras diversas. También hemos dicho
que aprendemos paso a paso, poco a poco. Lo primero, la complejidad de las
situaciones que se nos presentan como problemas y que nos demandan respuestas,
indica que son muchos los aspectos del mundo y que no es fácil normalmente
precisarlos y definirlos con claridad. Si decimos de una situación que es compleja es que estamos presuponiendo
que no es posible reducirla a un único elemento o a una descripción simple.
Pensemos, por ejemplo, en una relación (complicada, como suelen serlo todas las
relaciones interesantes) entre dos personas. El tipo de vínculo que tengan
(amistoso, amoroso, de compañerismo), el tipo de circunstancia en la que se
encuentren, las interpretaciones diversas que hagan de sus deseos, el cruce de
las imágenes que del otro tenga cada uno, cómo entiendan y formulen sus
esperanzas… todo ello son rasgos que requieren complejas descripciones. Hemos
aprendido de la literatura y del buen cine la capacidad de realizar esas
descripciones (tanto, que a lo mejor hemos inventado precisamente esas artes
para podernos describir y narrar) que captan los mil aspectos de una
circunstancia y los mil rostros que tenemos.
Nos atrae lo
complejo, y a veces nos damos cuenta de que lo que nos inquieta de una
situación que vivimos, como, por ejemplo, una relación amorosa, es nuestra
capacidad para percibir todos los rasgos de la misma o de ordenarlos
adecuadamente, mostrando como relevante lo que es importante, poniendo en
nuestras consideraciones lo anecdótico en segundo lugar o encontrando el tiempo
narrativo adecuado. Una buena manera de comprobarlo es ver lo que hacemos
cuando le contamos a alguien los avatares de nuestras relaciones. Tenemos que
ir introduciendo detalles, historias paralelas y secundarias junto con
consideraciones generales (eso que a veces llamamos “nuestra filosofía”) si
queremos que quien nos escucha se haga una idea cabal de lo que le contamos. Y
si acertamos a contar adecuadamente nuestra historia, parece que hemos dado ya
un primer e indispensable paso a aclararnos respecto a lo que contábamos. No es
infrecuente que llegar a dar con una buena descripción o con una buena
narración sea la clave para entender y empezar a solventar lo que nos inquieta,
o para definir, al menos, la situación y el problema que tenemos que afrontar.
Es decir: la complejidad del mundo nos reclama complejidad de nuestros relatos:
otra virtud más del buen pensar que se añade a las que antes mencionábamos.
Aunque, desde luego, no cabe inferir de ello que solo por narrar bien o
describir bien se acaba la acción y se cierra el problema. Describir y narrar,
que son acciones del pensamiento (en el lenguaje, en la percepción, en la
emotividad que nos hacen) no son todas las acciones que realizamos en la vida;
no son, en concreto, la vida misma.
No solo
narrar, sino también aprender a hacerlo, requiere tiempo, como aprender a pensar.
Y es que, como dijimos en la introducción, si todo esto que reclama el pensar
es posible, y si es algo que hacemos – y lo hacemos todo el rato-, entonces es
que el tiempo de nuestro pensamiento, como el de nuestra vida, no es solo el
instante: pensamos y vivimos, al menos, en la media distancia. Esto no quiere
decir que no vivamos el instante (como iremos viendo en otros momentos) sino
que, junto al instante (no sabemos si a su lado o dentro de él), hay un tiempo
más extenso, más abierto, más denso, que es el que requiere el pensar y lo hace
posible.
Cada acto de
pensamiento nos requiere tiempo, y el proceso de aprender a pensar, -poco a
poco, paso a paso- nos requiere otro tiempo, todo el de la vida. Porque tal vez
nos acabemos nunca de aprender a pensar, y tal vez en ese aprendizaje va
camb
Información
- Descripción
- Selección de lecturas para el curso de Filosofía I, ciclo 2016-1
- Creado por
- Jorge Galindo · may 2015
- Actualizado
- 24 nov 2016
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