normalidad
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- ¿Tenemos control sobre nuestra
- «normalidad»?
- Sobre nuestra ética, todo. Sobre la
- percepción ajena, nada. A pesar de nuestro intento de objetivar la
- normalidad, cada individuo tiene su propia vara de medir. Esto,
- lamentablemente, incluye también a los garantes de las normas –entiéndase,
- leyes, códigos, etc. es decir, a los jueces, agentes y funcionarios. Podemos
- intentar aparentar –incluso exagerar– nuestra normalidad,
- pero, más allá de vulneraciones flagrantes, sin ninguna garantía de éxito. No
- depende de nosotros. Por lo tanto, la combinación de esta discrecionalidad
- individual con la mutante frontera del colectivo determina un no pequeño riesgo
- letal de ser expulsado al infierno de la anormalidad.

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- Conclusiones.
- De las reflexiones anteriores se desprende que no conviene emplear el término normalidad con ligereza. Nada hay más relativo. Todos somos vistos de algún modo, o en algún momento, como normales o anormales. Antes de hablar «por boca de ganso», conviene asegurarse de que la supuesta normalidad es obvia, que se encuentra razonablemente próxima a «la media» y que, consecuentemente, está muy alejada de la eventual anormalidad. En caso contrario, mejor abstenerse. Y no conviene olvidar que
- «Lo que hace normal a la normalidad es, precisamente, la diversidad»
