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1. Freud comenta que tras enviarle a un amigo el trabajo sobre el porvenir de una ilusión, este le respondió que, compartía su idea de la religión, pero que lamentaba que no hubiera concedido valor a lo que consideraba la fuente última de la religión.
Una “sensación de eternidad” o “sentimiento oceánico”, gracias al cual uno podría considerarse religioso, aunque rechazara toda fe o ilusión.
Se trataría de un sentimiento de inseparable pertenencia a la totalidad del mundo exterior.
Esta idea de que el hombre podría intuir su relación con el mundo exterior, a través de un sentimiento, resulta extraña a nuestra estructura psicológica.
En principio nada parece más seguro que la sensación de nuestro propio yo. Este se nos muestra como algo independiente frente a todo lo demás.
Pero el psicoanálisis nos enseña que esa apariencia es engañosa. El yo se extiende hacia a dentro, sin límites precisos, en una entidad psíquica inconsciente denominada ello, a la que sirve de fachada.
Hacia el exterior, el yo parece mantener sus límites precisos. Aunque en determinadas circunstancias, como el enamoramiento, parece esfumarse el límite entre el yo y el objeto.
Contra el testimonio de los sentidos, el enamorado afirma que yo y tú son uno. Y está dispuesto a comportarse como si fuera cierto.
Lo que puede ser anulado transitoriamente por una función fisiológica, también puede ser trastornado por procesos patológicos. La patología rebela estados en los que la demarcación del yo frente al mundo exterior, se hace incierta.
En tales situaciones, algunas partes del propio cuerpo, percepciones, pensamientos o sentimientos, aparecen como si fueran extraños y no pertenecieran al yo. Se atribuye al mundo exterior lo que procede del yo y debería ser capaz de reconocer.
El sentimiento yoico está sujeto a trastornos; los límites del yo con el mundo exterior no son inmutables.
Este sentido yoico del adulto no ha sido el mismo desde el principio, sino que debe haber sufrido una evolución.
El lactante no diferencia su yo de un mundo exterior, sino que lo va aprendiendo gradualmente por diferentes estímulos.
Debe causarle una gran impresión el hecho de que algunas fuentes de excitación le produzcan sensaciones en cualquier momento. Tales fuentes serán reconocidas después como sus propios órganos.
Otras fuentes, en cambio, se le sustraen temporalmente, consiguiendo atraerlas mediante el llanto, como es el caso del seno materno.
De esta manera comienza a oponérsele al yo un “objeto”, en forma de algo que se encuentra fuera y que solo aparece gracias a una acción particular.
Un estímulo para que el yo se desprenda de la masa sensorial, es decir, para la aceptación de un mundo exterior, lo ofrecen las sensaciones de dolor y displacer.
Siguiendo el principio del placer, surge la tendencia a disociar del yo todo aquello que es fuente de displacer. Se forma así un yo puramente hedónico, un yo placiente, enfrentado con un no-yo, con un afuera ajeno y amenazante.
Los límites de este yo primitivo placiente se someterá a reajustes impuestos por la experiencia.
Gran parte de lo que no se quiere abandonar por su carácter placentero no pertenece al yo. En cambio, muchos sufrimientos de los que pretende desembarazarse resultan ser de procedencia interna.
Mediante los sentidos y la actividad muscular, el sujeto aprende a discernir lo interior de lo exterior. Dando paso al principio de realidad, que dominará su evolución posterior.
Ese discernimiento sirve al propósito de eludir las sensaciones displacenteras o amenazantes.
El hecho de que el yo, al defenderse de ciertos estímulos displacientes emanados de su interior, aplique los mismos métodos que utiliza contra los estímulos externos, se convertirá en el origen de importantes trastornos patológicos.
En lugar de decir que el yo se desliga del mundo exterior, sería más correcto decir que originalmente el yo lo incluye todo y que luego desprende de sí un mundo exterior.
Este sentido yoico primario subsiste en la vida anímica de muchos sujetos, en contraposición del sentido yoico del adulto, mucho más restringido.
¿Es posible admitir la supervivencia de lo primitivo junto a lo posteriormente desarrollado?
Los fenómenos de este tipo no tienen nada de extraño.
En zoología, las especies más evolucionadas han surgido de las inferiores, pero aún se pueden encontrar formas simples de vida.
En el terreno psíquico la conservación de lo primitivo junto a lo evolucionado es lo más frecuente. Esto obedece a una bifurcación del curso evolutivo: una parte cuantitativa de una tendencia instintiva se ha sustraído a toda modificación, mientras que el resto sigue la vía del desarrollo progresivo.
El olvido no significa la destrucción del resto mnemónico, en la vida psíquica nada de lo formado desaparece; todo se conserva de alguna manera y puede resurgir.
Para ilustrar lo que nos quiere decir, Freud toma como ejemplo la evolución de Roma. Contraponiendo los hallazgos arqueológicos a la suposición de que la ciudad fuese una entidad psíquica, pronto se llega a una situación inconcebible.
La representación espacial de la sucesión histórica, solo puede hacerse mediante yuxtaposición, pues el espacio no admite dos contenidos distintos.
Solo en el terreno psíquico es posible la persistencia de todos los estadios previos, junto a la forma definitiva. Esto significa que no es posible representarse gráficamente este fenómeno.
Volviendo al sentimiento oceánico, Freud se plantea cuáles son las pretensiones que podría alegar este sentimiento para ser aceptado como fuente de las necesidades religiosas.
La derivación de las necesidades religiosas del desamparo infantil y de la nostalgia por el padre, resulta irrefutable, sobre todo porque este sentimiento es reanimado continuamente por la angustia ante la omnipotencia del destino.
No existe necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno.
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- Apunte sobre Sin título, creado por Ruy Henríquez el 16/11/2021.
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