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TRAIDORES Y CHAQUETEROS

El alzamiento estaba previsto para el primero

de octubre. Pero desde agosto comenzaron

a llegar a las instituciones virreinales multitud

de denuncias. Un tal Galván, empleado de

correos que había tratado de infiltrarse en la

conspiración utilizando a su hermano mayor,

que estaba legítimamente en el asunto, resultó

bloqueado por falta de confianza y solo pudo

transmitir rumores a las autoridades.

Un peluquero le contó a la esposa del hijo

de un tal Luis Frías, que a su vez lo transmitió

a las autoridades, que iban a coger a todos los

gachupines y llevarlos a Veracruz.

Un mozo de hacienda llamado Luis Gutiérrez

delató a Allende: «Mi amo va a Querétaro,

anda con el empeño de acabar a todos los gachupines

del reino.»

— 25 —

A estas denuncias se habría de añadir la de

un cura, que violando el secreto de confesión,

avisó al comandante de brigada y al corregidor

que había hombres armados con lanzas y

se aprestaba la sublevación.

El 10 de septiembre José Alonso, sargento del

regimiento de Celaya, le pidió a su amigo Juan

Noriega en la Ciudad de México que pusiera en

las manos del virrey una denuncia que señalaba

que Allende estaba convocando a militares y vecinos

de San Miguel y San Felipe a un alzamiento

por la independencia; señalaba que se debía

pasar a la acción de inmediato porque la mayoría

de los oficiales estaban comprometidos.

Ese mismo día, el alcalde de Querétaro tomó

en sus manos el papel de desarticulador

de la conspiración y envió al capitán Manuel

García Arango a la Audiencia de la Ciudad de

México con un pliego donde se reseñaba la lista

de conspiradores: Hidalgo, Allende, Aldarna,

el capitán N.S., el licenciado Altamirano, el

presbítero J. Ma. Sánchez, el licenciado Parra,

Antonio Téllez, Francisco Araujo. Las denuncias

incluían al corregidor Domínguez y los alféreces

del batallón de Celaya.

Ochoa insistió al día siguiente con otra carta

al virrey y reiteró que no se podía confiar en

— 26 —

1 )Domínguez, corregidor de la ciudad, cuya esposa

«se expresa con la mayor locuacidad contra

la nación española». Incluía una nueva lista

en la que se añadía entre otros el nombre del

capitán Joaquín Arias de Celaya.

Arias, al saberse implicado en las denuncias,

se acercó a Ochoa y confesó los pormenores de

la conspiración. Personaje singular iba a sumarse

más tarde a la insurrección, probablemente

como espía, y tendría altos cargos militares en la

campaña de Hidalgo, hasta morir en la emboscada

de Acatita a manos de los propios realistas.

Ochoa, con estos elementos en la mano,

acudió con Domínguez, quien a su vez estaba

bajo las presiones del cura reaccionario de

Querétaro, Gil de León, y finalmente lo disuadió

para que actuara contra sus compañeros.

Por si fuera corta la lista de denuncias, el 13

de septiembre el soldado Garrido denunció al

intendente de Guanajuato, Riaño, que Hidalgo

le había dado un dinero y la orden de subvertir

a los soldados de su regimiento. Riaño detuvo

rápidamente al grupo de militares sin saber que

en Querétaro Ochoa y Domínguez estaban actuando

en el mismo sentido.

En horas los grupos de Querétaro y Guanajuato

habían sido desarticulados. Parecía que

— 27 —

La conspiración, corno tantas otras en años precedentes,

había abortado. Quedaba en manos

de las autoridades del virreinato tan solo una

acción preventiva de carácter policial para atar

los cabos. El virrey Venegas, recién llegado a la

Nueva España, recibió el consejo de que enviara

el escuadrón de dragones de México, pero la

conspiración le pareció poca cosa y optó por

dejar que se resolviera a localmente. De manera

que todo se limitó a ordenar a un escuadrón

que fuera hacía San Miguel el Grande y Dolores

para detener al viejo cura y a los oficiales

del regimiento de la reina. Del poco valor de

los completados hablan Jos primeros interrogatorios

celebrados en Querétaro, donde con

muy contadas excepciones, todos los detenidos

se dedicaron a denunciarse entre ellos, a involucrar

a los ausentes y a declararse inocentes.

Salva la jornada las declaraciones de Epigmenio

González, asumiendo su responsabilidad

en una independencia en la que creía; y el caso

de Téllez, quien fingió que se había vuelto Joco

y tocaba un piano inexistente mientras lo careaban

con el capitán Arias.

El arranque de Hidalgo un día y medio más

tarde habría de cambiar la historia.

JOSEFA

Pocos personajes asientan tan mal en los papeles

que la historia les otorga como Josefa Ortiz,

convertida por azar en madre de la patria,

gracias a un único gesto político: haber avisado

a Hidalgo y Allende que la conspiración había

sido descubierta.

Tenía cuarenta y dos años, michoacana de

Valladolid, una dama regordeta, matrona de

ojos vivaces y abundante pecho. Muy conservadora

en ciertas cosas, no permitía que sus

hijas fueran a bailes o al teatro y bien se cuidaba

de que Allende o los oficiales del regimiento

de la reina coquetearan con ellas.

Casada con el abogado Miguel Domínguez,

corregidor de Querétaro, su salón sería

el centro de la conspiración del chocolate y el

café.

— 29 —

t Conocida es la historia de que al descubrir- '

se la conspiración, Domínguez no resistió las i

presiones y colaboró en las detenciones para •;

evitar que se hiciera evidente su papel. Teme- y

roso de que su mujer lo comprometiera, deci- i

dio encerrarla bajo llave para que no cometiera >;

un desaguisado. '?

Curioseando en la biografía que le dedica j

Alejandro Villaseñor descubrí que Josefa, co- ^

mo muchas damas de la época, no sabía escri- ?

bir, pero sí leer. Y eso me llevó en un rastreo ¡

minucioso a la búsqueda de desentrañar si el

mensaje enviado a Hidalgo había sido verbal

o escrito. Porque Josefa cuando tenía que

mandar una carta recortaba letras impresas de

periódico y las pegaba en papel de china utilizando

más tarde como mensajera a una mujer

de la que lo único que se sabe es que tenía el

noble oficio de cohetera (sí, lanzaba cohetes en

las fiestas). En la imaginación de novelista veía

la nota que dio origen a la independencia como

una de esas cartas anónimas de secuestro y veía

a Josefa desesperada, mientras comenzaban las

detenciones en Querétaro, recortando apresurada

letras de viejos periódicos.

Lamentablemente la historia es demasiado

bella para ser cierta. Josefa debería saber escri-

bir porque en la colección de Genaro García se

encuentran tres cartas facsimilares escritas cuat

ro años más tarde y firmadas por ella y lamenlablcmente

la firma de Josefa es igual a la letra

tic las cartas, o sea que hay que excluir que fueran

escritas por otro y firmadas por ella.

Y además, el mensaje sin duda existió pero

I ue verbal, y no fue uno, sino al menos tres.

En la tarde del 13 de septiembre, Josefa, taconeando

tres veces desde el cuarto en que estaba

encerrada, transmitió una señal de peligro

acordada con su vecino del entresuelo, el alcaide

de la cárcel, Ignacio Pérez, quien subió y escuchó

a través de la cerradura que la conjura

había sido descubierta.

Otros dos mensajeros convocados por la

propia Josefa o por Pérez, que la cosa nunca

quedará muy clara, son portadores del mismo

aviso a los conspiradores de San Miguel el

Grande y Dolores. Todo parece una comedia

de errores. Los enviados serían Francisco López,

que tardó dos días en llegar con el recado

porque se le cansó el caballo y terminó recorriendo

el camino a pie, y Pancho Anayá, que

se detuvo en la hacienda de Jalpa para ver un

coleadero y llegó cuando los hechos se habían

consumado.

Parece ser, y todo esto según las múltiples

delaciones, que de eso se hace la historia cuando

termina en derrota, que Josefa lo intentó

una vez más, pero se equivocó de mensajero,

porque el capitán Arias ya se había cambiado

de bando.

A causa de estas intervenciones y habiendo

sido señalada por varios de los delatores, incluso

por un soplón anónimo que la definía como

«agente precipitado», fue detenida e internada

en el Convento de Santa Clara, o en el de Santa

Teresa, o en los dos.

Años más tarde, en una de las tantas represiones

ordenadas por Calleja, fue detenida nuevamente

a pesar de estar embarazada, acusada

de haber colaborado en la colocación de pasquines

antirrealistas en Querétaro.

Josefa tenía entonces cuarenta y cinco años

y catorce hijos, por cierto que el mayor de

ellos, de veinte años, había sido incorporado

el ejército realista por su padre para combatir a

los insurgentes.

Trasladada a Ja Ciudad de México fue recluida

en el convento de Santa María Ja Antigua.

Poco después fue liberada y condenada

casi de inmediato a una nueva recJusión en

otro convento, el de Santa Catarina de Siena en

ul que pasó un año, o cuatro, liberada en junio

tic 1817 con la obligación de permanecer en la

Ciudad de México.

Sobrevivió al proceso revolucionario y

cuando en el imperio de Iturbide la nombraron

dama de honor de la emperatriz Ana, se

negó a aceptar el cargo, así como dos años más

tarde se negó a recibir recompensas económicas

por su participación en la conspiración que

dio origen a la independencia. La fecha de su

muerte permanece en las sombras, algunos dicen

que ocurrió en 1829. Se sabe que sus restos

se encuentran en la iglesia de Santa Catalina.

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Apunte sobre Sin título, creado por cnava203 el 21/09/2015.
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