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3º NIVEL ESPIRITUAL o VIA UNITIVA O ADULTOS o PERFECTOS

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Page 1

3ª ETAPA: PERFECTOS ó ADULTOS ó VIA UNITIVA

3ª

ETAPA: PERFECTOS ó ADULTOS ó VIA UNITIVA

La

tercera conversión es

semejante a la de los Apóstoles cuando, después de la

Ascensión,

se vieron privados totalmente de la presencia del Señor

en

la tierra.

Todavía

quedan en el alma impurezas

que le impiden la total

unión con Dios,

que

es la característica de esta tercera etapa. Por ello, debe pasar

por la más difícil de las purificaciones.

San

Pedro nos dice es "preciso

que todavía seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la

calidad de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero, que es

probado al fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de

honor en la Revelación de Jesucristo"

(1ª

Pe.1, 6-8).

San

Juan de la Cruz describe la "Noche

Oscura"

por la que el alma tiene que pasar para entrar en esta tercera etapa

de unión

con Dios

como "la

fuerte lejía de la purgaciónde

esta noche del espíritu, sin la cual no podrá venir a la pureza de

la unión divina".

Esta

tercera

conversión

o "Noche

Oscura del Espíritu"

-como

la llama San Juan de la Cruz- no se trata de una aridez o sequedad,

como en la segunda conversión, sino que es una verdadera

desolación de orden espiritual: mientras

el alma anhela a Dios,

se siente abandonada de

El.Debe

entonces el alma caminar

a oscuras en pura fe. Tal

como aconteció a los Apóstoles el día de la Ascensión

del Señor.

Hasta

ese momento su intimidad con El

iba siempre en aumento, pero ese día Jesús

subió al Cielo,

de modo que ya no le verían más en la tierra; les dejó privados de

Su

Presencia

y de sus palabras que les daban vida.

Y

debieron sentirse muy solos y aislados, pensando en las dificultades

de la misión que les había encomendado: la conversión de un mundo

impío, sumergido en los errores del paganismo, y en las

persecuciones y sufrimientos que les esperaban.

Debieron

recordar entonces las palabras de Jesús:

"Conviene

que yo me vaya, porque si no me voy, el

Divino Consolador

no

vendrá a vosotros; mas si yo me voy, os lo enviaré"

(Jn.16,

7).

Es

decir, convenía que les privara de Su

Presencia

sensible, pues estaban

aficionados a la humanidad de Cristo

y no podían elevarse al amor espiritual de Su

Divinidad:

no

estaban aún preparados para recibir al Espíritu

Santo.

Al

considerar esta privación de la presencia terrena de Cristo

que precedió a la profunda transformación que los Apóstoles que

sufrieron en Pentecostés,

podemos ver en

qué consiste esta "Noche

Oscura"

y cuál es su finalidad: queda

el alma envuelta en una verdadera noche espiritual al verse privada

de las luces que hasta ahora la iluminaban, para luego experimentar

una efusión especial de unión con Dios.

Sin

embargo, explica San Juan de la Cruz, que esta oscuridad no es

realmente tal, sino más bien la luz excesiva que encandila al alma.

"La

Divina

Sabiduría

nos parece oscura por estar muy sobre la natural capacidad de nuestra

inteligencia y, cuanto más nos embiste, más oscura nos parece".

En

esta prueba, como en otras, debemos creer muy firmemente en lo que el

Señor

nos ha dicho acerca de la eficacia

purificadora del sufrimiento y de la cruz, y

esperar contra todas las apariencias, orando

continuamente.

Siguiendo

a San Pablo: "Atribulados

en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados;

perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados.

Llevamos siempre en nuestra persona el morir de Jesús,

a fin de que también la vida de Jesús

se manifieste en nuestra persona"

(2ª

Cor. 4, 8-12).

Puede

ir esta Noche

Oscura

acompañada de grandes tentaciones, sobre todo contra la fe, como

sucedió a muchos santos, entre ellos a Santa Teresita del Niño

Jesús y San Vicente Paúl.

Así

describe Santa Teresa de Jesús esta "Noche

Oscura del Alma":

"¡Oh

válgame Dios,

y qué son los trabajos interiores y exteriores que padece un alma

hasta que entre en la séptima morada ... Ningún consuelo se admite

en esta tempestad ..."

En

fin, que ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar la

misericordia de Dios,

que a deshora con una palabra suya o una ocasión, le quita todo tan

de presto, que parece no hubo nublado en aquel alma, según queda

llena de sol y de mucho más consuelo!"

Esta

tercera

fase

lleva

a la unión total del alma con Dios,

el

más alto grado de unión con Dios

posible en la tierra. Sta. Teresa la define como el "Matrimonio

Espiritual".

Es,

según San Juan de la Cruz, "la

transformación total en el Amado, en que se entregan ambas partes

por total posesión de la una a la otra" (Canto

Espiritual 11.6).Depende,

entonces, de una perfecta donación del alma a Dios

y de Dios

al

alma.

(Es

importante hacer notar que la diferencia, aunque aparentemente sutil,

de esta unión entre el alma con Dios de la Mística Cristiana

y la auto-divinización que es propuesta fundamental del "New

Age", a través del Monismo y del Panteísmo, radica en dos

cuestiones fundamentales: 1ª) El alma humana no es parte, ni pasa a

formar parte de la divinidad, como proponen el Monismo y el

Panteísmo. 2ª) La transformación total en Dios de que habla

San Juan de la Cruz no se da por "fusión"

con la divinidad, sino por "posesión":

el alma se entrega totalmente a

Dios

que la posee, tomando la dirección de toda su vida e inspirándola

en cada uno de sus actos, y la creatura posee a su Dios,

no sólo como a quien mora en ella, sino como a quien la vivifica, la

mueve y la gobierna).

Por

eso San

Pablo describe

esta etapa así:"Ya

no soy yo quien vivo, sino es Cristo

quien

vive en mí" (Gal.

2, 20). Dice,

el santo español: “Amar

es despojarse

y desnudarse

por amor a

Dios

de todo lo que no es Dios

y

se hace una unión tal que (el alma) más parece Dios

que alma y aún es Dios

por participación...De

ahí queda ahora más claro que la disposición para esta unión no

es el entender del alma, ni gustar, ni sentir, ni imaginar de Dios,

ni otra cualquier cosa; sino la

pureza y amor que es desnudez”.

(MC

II. V. 8)

"El

matrimonio espiritual"

es mucho más sin comparación que el "desposorio

espiritual",

porque

es

una tranformación total en el

Amado,

es la entrega mutua de ambas partes con total posesión

de

la una a la otra, con cierta consumación de unión en el Amor,

así

que el alma se hace divina y Dios

por

participación,

en

todo cuanto se puede en esta vida.

Y así pienso que este estado nunca acaece sin que esté el alma en

Él

confirmada en gracia, porque se confirma la fe de ambas partes,

confirmándose aquí la de Dios

en el alma.

De donde éste es el más alto estado a que en esta vida se puede

llegar”.

Hechas estas

consideraciones, volvemos a nuestra cuestión: ¿Todos estamos

llamados a la "contemplación

mística"? ¿Todos estamos llamados por

Dios a alcanzar, esas formas de oraciónes semipasivas, como

es la quietud, que ya son principio de "contemplación"?

Nuestra respuesta es

afirmativa. Recordemos las posiciones de dos grandes místicos.

La enseñanza de

Santa Teresa en este punto no está exenta, al menos en la

expresión, de ciertas vacilaciones. De un lado, y para evitar

desconsuelos, advierte que «es cosa que

importa mucho entender que no a todos lleva Dios

por un camino...; así que no porque en esta casa todas traten de

oración, han de ser todas contemplativas»

(CP. 17,2).

Pero de otro lado,

hablando de la "contemplación",

que es «llegar a beber de esta fuente

celestial y de esta agua viva», dice: «Mirad

que convida el Señor

a todos... [El

no dijo:] «Venid todos, que, en fin, no perderéis nada, y los que a

mí me pareciere, yo les daré de beber». Mas como dijo, sin esta

condición, a todos, tengo por cierto que todos los que no se

quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva»

(CP 19,14-15).

Parece entonces que

la Santa como que se contradice, y aclara que lo primero (CP

17,2) lo decía «cuando

consolaba a las que no llegaban aquí»

(CP 20,1). Más claro aparece su pensamiento en su última

obra escrita: «Aunque

todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas

a la oración y "contemplación"...

pocas nos disponemos para que nos la

descubra el Señor»

(5

Moradas 1,3).

La enseñanza de

San Juan de la Cruz acerca de la llamada universal a la

"contemplación"

también ha sido discutida por algunos, en referencia a ciertas

frases en las que el santo Doctor se inclinaría por la negativa (1

Noche 9,9). Él,

sin embargo, coincide con la posición de Santa Teresa:

todos están llamados, pocos son los que llegan (Llama

2,27).

La doctrina del

Santo se conoce mejor, no tanto discutiendo sobre una u otra frase,

sino viendo el conjunto de su doctrina. Allí aparece claro que los

principiantes,

por la

purificación ascética del sentido

(1

Subida), y

por

la purificación ascética, activa del espíritu,

se disponen para la contemplación,

como

aprovechados

(2 Subida 13,3 Subida 1 2,2).

A estos adelantados,

que van aprovechando, Dios

les «comienza

a poner en esta noticia sobrenatural de contemplación»

(2

Subida 15,1).

Y

no llegarán a la contemplación

perfecta de unión con

Dios

(1 Noche 1,1),

en tanto no hayan pasado las purificaciones

pasivas del sentido (1

Noche)

y del

espíritu (2

Noche).

De

hecho, muy pocos son los que llegan a esa purificación suprema que

hace posible la perfecta

unión con

Dios (1

Noche 8,1). Por

tanto, en la oración, a los que no acaban de ir adelante, Dios

«a éstos nunca les acaba de desarrimar el

sentido de los pechos de las consideraciones y discursos, sino

algunos ratos a temporadas»

(1

Noche 9,9).

Pero a los que de

veras van adelante «Dios

comienza a poner en esta noticia sobrenatural de

contemplación»

(2 Subida

15,1). San Juan

de la Cruz, enseña bien claro que todos están llamados a ir

adelante en la perfección, y es en

la

purificación pasiva del sentido

cuando los adelantados

son introducidos en la contemplación:

«Estando

ya esta casa de la sensualidad

sosegada, por medio de esta

dichosa noche [pasiva] de la

purificación sensitiva,

salió el alma a comenzar el camino y vía del espíritu, que es de

los aprovechantes y aprovechados, que por otro nombre llaman vía

iluminativa o de "contemplación

infusa", con que

Dios

de suyo anda apacentando y alimentando al alma, sin discurso ni ayuda

activa de la misma alma»

(1 Noche 14,1).

Concluímos, pues:

Todos los cristianos estamos

llamados a alcanzar la "contemplación

mística", pues todos estamos llamados a

ser santos, y el modo de oración correspondiente a este estado

espiritual es justamente la contemplación

quieta, pasiva y transformante. A esta afirmación

añadiremos dos observaciones.

1ª.-Aunque todos

estamos llamados a la "contemplación"

pocos llegan a la

perfección de vida que la hace posible.

2ª.-Una es la vida

de oración contemplativa

en los "místicos

contemplativos", y otra en los "místicos

activos". En

el santo abundan los dones del E.S.,

por los que habitualmente se mueve.

Y sabemos también

que estos dones crecen de modo conexo como hábitos. Pero en los

santos no todos los dones serán actualizados por Dios con la

misma intensidad, claridad y frecuencia. Los dones intelectuales del

Espíritu Santo -"inteligencia

y sabiduría"-,

sobre todo actuarán en los "místicos

contemplativos" con especial fuerza y frecuencia.

Los dones más

referidos a la vida activa -como "consejo,

piedad, fortaleza"-, por el contrario, actuarán

predominantemente en los "místicos

activos". «El viento sopla donde quiere... Eso

pasa con todo el que ha nacido del Espíritu»

(Jn 3,8).

Y aún estos santos

activos, como lo muestra la hagiografía, tienen oración

contemplativa, muchos en abundancia, otros con cierta

frecuencia. No podría ser de otro modo, pues

"todo santo es místico", y su alma «está

hecha Dios por participación»

(Llama

2,30).

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ORACIONES PASIVAS DE LA TERCERA ETAPA

LAS

ORACIONES PASIVAS DE LA TERCERA ETAPA

La

verdadera oración cristiana es la

"oración mística pasiva",

que es la de los cristianos

"perfectos"

y a ella estamos llamados, pues todos estamos llamados a la

perfección (Mt

5,48).

El

Espíritu Santo,

que habita en nosotros, obra primero en nosotros, tanto en la oración

como en la vida ordinaria, al modo

humano; pero

tiende con fuerza a obrar en nosotros al modo

divino,

que desborda nuestros límites humanos psicológicos, tanto en la

oración como en la vida ordinaria.

Es

entonces cuando tanto en la oración como en la vida corriente la

pasividad

viene

a ser la nota dominante: «Sin

ningún [trabajo] nuestro, obra el Señor

aquí»; «no hago nada casi de mi parte, sino que entiendo

claramente que el Señor

es el que obra»

(V.21,9.13).

Aquí

ya el riego del jardín de nuestra alma lo riega el Señor

con

mucha lluvia, sin trabajo ninguno nuestro, y es sin comparación

mucho mejor. No

es fácil describir la oración mística, «no

se sabe decir, ni el entendimiento lo sabe entender, ni las

comparaciones pueden servir para declararlo, pues son muy bajas las

cosas de la tierra para este fin»

(5

M 1,1).

San

Juan de la Cruz dice que la "unión

mística del hombre con Dios"

es una «sabiduría

secreta,

que se comunica e infunde en el alma por el amor; lo cual ocurre

secretamente a oscuras de la obra del entendimiento y de las demás

potencias»

(2

Noche 17,2).

Por eso los místicos, para expresar la obra sobrenatural que el

Espíritu Santo

realiza en ellos al modo divino, se ven en la necesidad de recurrir a

las analogías e imágenes poéticas.

Dios

es el fuego

que

incendia al hombre, el madero, y lo hace llama. La unión mística es

similar al vino

y el agua que

se mezclan en forma inseparable. Es como el amor mutuo de una

perfecta e íntima amistad.

Más aún, la

amistad conyugal del matrimonio es la más perfecta imagen para

expresar la total unión de Dios

y el hombre. Es el mismo lenguaje de san Juan de la Cruz:

«El

Amado vive

en el amante

y

el amante vive en el

Amado.

El

Amor

de estos

"amantes"

es de tal naturaleza

que

"cada

uno es el otro"

y

ambos son uno. (Cántico

11,6).

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UNIÓN SIMPLE o NOVIAZGO ESPIRITUAL

LA

UNIÓN SIMPLE (NOVIAZGO ESPIRITUAL)

La

"oración mística de simple unión"

«aún no llega a desposorio espiritual,

sino como cuando se han de desposar dos, se trata de saber antes si

son conformes y que el uno y el otro se quieran»

(5 M 4,4).

«Estando

el alma buscando a Dios,

siente con un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda como

un desmayo, le va faltando el aliento y todas las fuerzas

corporales, de manera que si no es con mucha dificultad, no puede ni

menear las manos; los ojos se le cierran sin querer, o si los tiene

abiertos no ve casi nada. Oye, mas no entiende lo que oye. Hablar

está de más, porque no atina a formar palabra, ni hay fuerza, si

atinase, para poderla pronunciar»

(V.18,10). Aunque

«se

ocupan todos los sentidos en este gozo» y «es unión de todas las

potencias, que aunque quiera alguna distraerse de Dios,

no puede, y si puede, ya no es unión»

(V.18,1),

todavía aquí la voluntad

es

la que mantiene la fijación en Dios,

mas las otras dos potencias [entendimiento

y memoria]

pronto vuelven a importunar.

«Como

la

"voluntad"

está

quieta, las vuelve a suspender, y están otro poco de tiempo

importunando, y vuelven a vivir. En esto se puede pasar algunas horas

de

oración»

(V 18,13). En

su forma plena, toda el alma absorta en Dios,

no dura tanto:

«media

hora es

mucho; yo nunca, a mi parecer, estuve tanto»

(V

18,12; 5 M 1,9; 4,4).

«Esta

oración no hace daño por larga que sea»,

sino que relaja y fortalece al orante (V

18,11).

La Presencia

es captada en el alma misma del orante en forma indudable (5

M 1,9),

y también la omnipresencia

de

Dios

en las criaturas (V.18,15).

San

Juan de la Cruz lo expresa bien: Es aquí cuando «todas

las criaturas descubren las bellezas de Su

Ser, Virtud y Hermosura y

Gracias,

y la raíz de su duración y vida. Y éste es el deleite grande:

conocer por Dios

las criaturas, y no por las criaturas a Dios;

que es conocer los efectos por su causa, y no la causa por los

efectos, que es conocimiento trasero, y el otro esencial»

(Llama

4,5).

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UNIÓN EXTÁTICA o DESPOSORIO ESPIRITUAL

¿ QUÉ ES EL EL

DESPOSORIO?

Y

por fin estalla el desposorio,

vivido como un éxtasis en el que se silencia el cuerpo, que queda

sin sentido porque el alma va de vuelo, arrebatada por una alta

comunicación del Espíritu

Divino. En el desposorio

cesa la sed que atormentaba al alma gracias al desbordamiento de la

acción divina, que es como un torrente:

los ríos sonorosos... que tienen tal sonido, que todo otro sonido

privan y ocupan (C

14, 9) saciando toda la sed del

alma.

Y

así, la voz de Dios

es silencio de todas las demás voces porque es voz del Espíritu

que integra todas las voces, vistiendo al alma de

poder y fortaleza (C

14, 10).

Y podemos decir que este sonido es silencio porque no es como los

otros sonidos que percibe el cuerpo; es un Silencio

que

es fuente de todos los sonidos, una armonía pacífica y sosegada, la

armonía del amor que el Santo llama “música

callada”

, el sonido primigenio del cual procede todo sonido y que sólo puede

ser escuchado por las capacidades sobrenaturales del hombre cuando

todas sus capacidades naturales se han callado:

Pero

todavía quedan “raposas”

de apetitos y miedos; y así, después del desposorio,

el alma es preparada para el matrimonio

místico mediante la noche

del espíritu, que ahora

entra con toda su profundidad para purificarla completamente con una

ausencia muy aflictiva del Amado.

Ya ha llegado el silencio de Dios

de la medianoche, experimentado como un cierzo muerto que deja todo

seco provocando una sensación de abandono afectivo y desesperanza .

LA

UNIÓN EXTÁTICA (DESPOSORIOS ESPIRITUAL)

En

vísperas ya del "matrimonio

espiritual",

el orante se une con Dios

en forma extática

y

con duración breve:

«Veréis lo que hace Su

Majestad

para concluir este desposorio.

Roba

Dios

toda el alma para sí [arrobamiento],

como a cosa suya propia y ya esposa suya, y no quiere estorbo de

nadie, ni de potencias ni de sentidos…, de manera que no parece que

tiene alma. Esto dura

poco espacio,

porque quitándose esta gran suspensión un poco, parece que el

cuerpo vuelve algo en sí y alienta para volverse a morir, y dar

mayor vida al alma; y con todo, no dura mucho este gran éxtasis»

(6 M 4,2. 9. 13).

Los

"arrobamientos"

pueden tener formas internas diferentes, locuciones, visiones

intelectuales o imaginarias (6

M 3-5,8-9),

pero estos fenómenos no son de la sustancia misma de la

contemplación mística, y no deben ser buscados (6

M 9,15).

A

veces el desfallecimiento no es místico, «sino

alguna flaqueza

natural,

que puede ser en personas de flaca complexión»

(6 M 4,9). Pero

los éxtasis genuinos implican aún una mínima indisposición

del

hombre para la perfecta unión con

Dios:

«Nuestro natural es muy tímido y bajo para tan gran cosa»

(6

M 4,2);

por eso en "la

unión

extática"

(que está en éxtasis). Y «la causa es —explica San Juan de la

Cruz— porque semejantes mercedes no se pueden recibir mucho en la

carne, porque el espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu

Divino

que viene al alma, y así por fuerza ha de desamparar en alguna

manera a la carne» (Cántico

13,4).

Hay

en esta oración inmenso gozo, «grandísima

suavidad y deleite. Aquí no hay remedio de resistir»

(V

20,3).

Pero puede haber también un terrible sufrimiento,

unas penas que parecen «ser de esta manera las que padecen en el

purgatorio» (6

M 11,3).

Estamos en la última Noche,

en las últimas "purificaciones

pasivas del espíritu". «Siente

el alma una soledad extraña, porque las criaturas de toda la tierra

no le hacen compañía, antes todo la atormenta más; se ve como una

persona colgada, que no se asienta en cosa de la tierra, ni al cielo

puede subir, abrasada con esta sed, y no puede llegar al agua»

(6

M 11,5).

«En

este rigor es poco lo que dura; será, cuando más, tres o cuatro

horas —a mi parecer—, porque si mucho durase, si no fuera por

milagro, sería imposible sufrirlo la flaqueza natural»

(6 M 11,8).

«Quizá

no serán todas las almas llevadas por este camino, aunque dudo mucho

que vivan libres de trabajos de la tierra, de una manera u otra, las

almas que a veces gozan tan de veras de las cosas del cielo»

(1,3).

Podrán ser penas interiores, calumnias, persecuciones, enfermedades,

dudas angustiosas, sentimientos de reprobación y de ausencia de

Dios,

trastornos psicológicos o lo que Dios

permita. En

todo caso,

«ningún

remedio hay

en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios,

que a deshora, con una palabra sola suya o una ocasión que acaso

sucedió, lo quita todo tan de pronto que parece que no hubo nublado

en aquella alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo»

(1,10).

San

Ignacio de Loyola igualmente cuenta de sí que de la más honda

desolación pasaba, por gracia de Dios,

a la más dulce consolación «tan

súbitamente, que parecía habérsele quitado la tristeza y

desolación, como quien quita una capa de los hombros de uno»

(Autobiografía

21).

La

humanidad de Cristo

es

aquí camino

para llegar a estas alturas místicas, y el orante «no

debe querer otro camino, aunque esté en la cumbre de la

contemplación; por aquí va seguro»

(V

22,7).

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UNIÓN TRANSFORMANTE (MATRIMONIO ESPIRITUAL)

LA

UNIÓN TRANSFORMANTE (MATRIMONIO ESPIRITUAL)

El

"matrimonio

espiritual",

dice san Juan de la Cruz, «es

mucho más sin comparación que el "desposorio

espiritual",

porque es

una transformación total

en el Amado,

en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a la

otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está

el

alma hecha divina y Dios por participación

cuanto

se puede en esta vida»

(Cántico

27,2).

Los

efectos de la "oración

mística pasiva"

son, ciertamente, muy notables.

Crece inmensamente en el hombre la lucidez

espiritual

para ver a Dios,

al mundo, para conocerse a sí mismo, y el tiempo pasado le parece

vivido como en oscuridad y engaño: «Los

sentidos y potencias en ninguna manera podían entender en mil años

lo que aquí entienden en brevísimo tiempo»

(5 M 4,4; 6 M 5,10).

Nace en el corazón una gran ternura de amor

al

Señor,

y aquella centellica que se encendió en la "oración

de quietud",

se hace ahora un fuego abrasador

(V

15,4-9; 19,1).

El

Señor

le concede al cristiano un ánimo heroico y eficaz para toda obra

buena

(V 19,2; 20,23; 21,5; 6 M 4,15)

y una potencia apostólica de sorprendentes efectos (V

21,13; 18,4).

Al

mismo tiempo que

Dios

muestra su santo rostro al hombre, le muestra sus pecados, no sólo

«las telarañas del alma y las faltas grandes, sino hasta un polvito

de imperfección que haya»

(V

20,28),

y lo conforta en una determinación firmísima de no pecar, «ni

hacer una imperfección, si pudiese»

(6

M

6,3).

En todo lo cual vemos que si la contemplación de Dios

exige santidad («los

limpios de corazón verán a Dios»,

Mt

5,8),

también es verdad que la "contemplación

mística"

produce

una

gran santidad («contempladlo

y quedaréis radiantes»,

Sal

33,6).

A

estas alturas, al alma le queda en una gran paz,

«y así nada le preocupa de todo lo que pueda suceder, sino que

tiene un extraño olvido» (7

M 3,1),

aunque por supuesto, puede «hacer

todo

lo que está obligado conforme a su estado»

(7

M 3,3).

Siente la persona

«un desasimiento

grande

de todo y un deseo de estar siempre o a solas [con Dios]

u ocupados en cosa que sea provecho de alguna alma. No hay sequedades

ni trabajos interiores, sino una memoria y ternura

con

nuestro Señor,

que no querría estar sino dándole alabanzas»

(7

M 3,8).

A estas almas «no

les falta cruz,

salvo que no les inquieta ni les hace perder la paz»

(7

M 3,15).

El mundo entero le parece al místico una farsa

de locos,

pues él lo ve todo como

«al revés»

de como lo ven los mundanos o lo veía él antes. Y así, se duele de

pensar en su vida antigua, que «ve

que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella»

(V

20,26);

«ríese

de sí, del tiempo en que tenía algún gusto por el dinero y codicia

de ellos»

(V

20,27),

y «no

hay ya quien viva, viendo el gran engaño en que andamos y la

ceguedad que tenemos» (V

21,4).

¡Oh, qué felicidad haber descubierto la auténtica Verdad!

EL

MATRIMONIO ESPIRITUAL

El

matrimonio espiritual

es un grado sublime de santidad y por lo cual muy apetecible. (todas

las almas creyentes y fieles a la

Gracia Divina

pueden alcanzarlo en esta vida. ) es

una unión perfectísima y estable que se celebra y contrae con la

Santísima Trinidad por

medio de Jesús,

pues el alma se une a las tres divinas personas por medio de la

Humanidad de Cristo. Es como vivir en plenitud la inhabitación de la

S. Trinidad en nosotros, es

vivir al máximo la vida de la gracia, nuestra condición de hijos de

Dios.

Quien ha llegado a

estas alturas, es como confirmado en gracia, recibe una seguridad

grandísima de perseverar eternamente unida a su divino Esposo,

se siente segura de su salvación y disfruta ya, en cierto modo, de

la felicidad de las bodas eternas.

El

alma vive

en el centro de la Trinidad,

como si formara parte de ella. Vive su misma vida y recibe un

torrente de luz divina que la inunda toda. Es tan profundo el

conocimiento que tiene de las cosas sobrenaturales y divinas que Dios

le descubre sus designios sobre las almas, porque no tiene secretos

para ella.

El

Rey

del cielo ha puesto su palacio real en el alma

de su esposa. Y Jesús

le entrega todo. “Todo

lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío”

(Jn 17, 10). En

su Matrimonio

místico le

dijo Jesús

a Sta. Teresa: “Ya

sabes el Desposorio que hay entre nosotros... lo

que yo tengo es tuyo

y también te doy todos mis trabajos y dolores que pasé”

(CC 50).

“Como verdadera esposa mía, mi honra es tuya y la tuya mía”

(CC 25).

Entonces,

la consagrada puede decir de verdad:

“Ya no vivo yo, es

Cristo

quien vive en mí” (Gál

2,20). Y su

mayor deseo es morir de amor. Como Sta. Teresita del Niño Jesús,

que murió diciendo: “Te amo...

Dios mio... te amo”.

Con

frecuencia, este matrimonio con

Jesús en la

Trinidad, se realiza

en un éxtasis

de amor. A veces,

se aparece la Humanidad

Santísima de Jesús y

hay entrega de anillos, pero esto no siempre se da y no es necesario,

ya que este matrimonio es con Cristo

en los TRES

o con los TRES

por Cristo.

Es

un matrimonio de Dios

con

el alma,

que, a partir de ese momento, forman una unidad indisoluble.

Ya decía S. Pablo: “El

que viene al Señor

se hace un solo espíritu con El”

(1

Cor 6,17).

Veamos

cómo describe Sta. Verónica Giuliani su Matrimonio

espiritual:

“Estaba en la celda en oración y me vino un recogimiento grande y

en él tuve la visión de Nuestro

Señor glorioso con la

Virgen Santísima. Jesús

me dijo: “Yo

soy tu Esposo”.

A continuación, me sacó el corazón. Después colocó mi corazón

sobre su mismo Corazón

y apareció todo encendido como una llama de fuego. El

Señor se lo dio a su

Santísima Madre y ella lo colocó también sobre su Corazón. Luego

lo tomó en su mano y se lo dio a su

Hijo junto con su

propio Corazón y el del mismo

Hijo suyo. El

Señor volvió a

ponerlo en mi pecho...

Jesús me dijo: Ahora

eres mía. ¿Qué deseas?

Yo

le dije: Desposarme con Vos.

El

me mostró el anillo, que tenía preparado, y me dijo que por la

mañana, al ir a la comunión, sellaría conmigo el vínculo unitivo,

perpetuo e indisoluble. Mientras tanto, que me preparase a la Boda...

En

el momento de la comunión, sentí el beso de paz de

Jesús en mi corazón

y, en ese momento, de unión íntima con

El, me puso en la

cabeza una bellísima corona, mientras la Virgen Santísima, los

santos y ángeles cantaban: Veni, sponsa Christi (Ven, esposa de

Cristo).

Jesús

estaba de pie, glorioso, con sus llagas resplandecientes. No puedo

explicar lo que experimenté, no sé sí estaba en el paraíso o si

el paraíso había venido a mí. Entonces, Jesús

sacó el anillo de su costado y me lo colocó en el dedo y me dijo:

¿Quién eres? Yo respondí: Vuestra esposa. Vuelto a la Virgen

Santísima le dijo: “Esta es mi esposa, os la confío con el fin de

que me sea siempre fiel”.

Con

motivo de su Matrimonio

espiritual,

Jesús le dio unas nuevas normas de vida, que pueden servir para toda

verdadera esposa de Jesús.

Quiero

de ti fidelidad

para cooperar a todo lo que yo, tu

Esposo,

obro en ti. No te preocupes de nada. En todo y por todo déjame a mí

tu cuidado.

Quiero

de ti obediencia

exacta al confesor, a los Superiores, a todos. Obedece al confesor y

dile todo con claridad y sencillez.

Quiero

de ti que en todo tengas la más pura

y recta intención,

buscando

mi gloria.

Has de buscar siempre mi voluntad, obedeciendo a quien está en mi

lugar.

Quiero

de ti silencio riguroso. Sólo has de hablar de cosas espirituales y

de lo que sirva a la caridad y a tu aprovechamiento y de los demás.

No des tu parecer ni consejo a nadie, si antes no te has aconsejado

conmigo en la oración.

Quiero

de ti humildad

para sufrir desprecios y ofensas. Debes estar siempre consciente de

tu propia nada.

Esposa

mía, quiero de ti AMOR

para que nuestra unión sea cada vez más íntima. Confía siempre

en

Mí

y desconfía de ti misma.

Quiero

que seas intermediaria entre los pecadores y yo. Debes

estar siempre dispuesta a dar la vida y la sangre por mi gloria y la

salvación de las almas.

Quiero

que siempre estés en mi divina presencia. Siempre ligada a mi

voluntad.

Te

quiero toda transformada en Mí

para

que puedas decir: “Estoy crucificada con Cristo”

(Gál

2,19).

Yo

soy tu Esposo.

Nada temas. Yo

estoy contigo. “Oh mi Dios

y mi Esposo,

te suplico por todos los hombres para que los salves y, en

particular, te pido por los sacerdotes para que repares sus faltas y

los inflames en tu amor” (Diario 1 903.911).

De

este Matrimonio

espiritual

decía Sor María de S. Alberto:

Allí

la dulce esposa//, transformada en su Amado

y convertida//, en El

vive y reposa //y de El

recibe vida//, quedando ya la suya consumida.

Jesús

parece estar “desocupado” y tener todo su tiempo exclusivamente

para su esposa y ella está tan endiosada que se siente la reina del

Universo. “Está tan transformada por las virtudes del

Rey del

cielo que se ve hecha una (verdadera) reina” (L1 4,13).

Por

eso, puede decir con S. Juan de la Cruz: "Míos

son los cielos y mía es la tierra".

Mías

son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores.

Los

ángeles son míos y la Madre de Dios

es mía y todos las cosas son mías, y el mismo Dios

es mío, porque Cristo

es mío y todo para mí.

Que

tú también puedas llegar a ser la reina del cielo, transformada

totalmente en Jesús,

para que puedas decir con

El:

“Yo

y el Padre

somos una misma cosa”

(Jn 10, 30).

Entonces, sentirás irresistibles deseos de morir para ir al cielo a

celebrar tu

Matrimonio espiritual

con Jesús

en

medio de la Iglesia triunfante. “A este matrimonio sea servido

llevar a todos los que invocan su Nombre,

el dulcísimo Jesús,

Esposo

de las almas fíeles”

(C 40, 7).

El

Matrimonio espiritual y la Eucaristía

Cuando

el sacerdote celebra la Eucaristía,

se convierte en Jesús,

hay una identificación con El.

Podríamos decir que hay una unión transformante con Cristo

y, en Cristo

y por Cristo,

también con el Padre

y el

Espíritu

Santo.

Hay como una verdadera deificación del sacerdote en la misa. Durante

ella, su unión con Dios,

Uno y Trino,

por medio de la Humanidad

de Jesús,

llega a la plenitud del Matrimonio

espiritual.

Ya no es el hombre sacerdote, sino Dios,

quien vive y actúa en él y a través de él. Es como si el

Padre

le dijera, en esos momentos sublimes de la misa: “Tú

eres sacerdote para siempre”

(Sal 110,4). “Tú

eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”

(Sal 2,8). El Padre

lo ve como a su propio Hijo

Jesús.

¡Qué

misterio de gracia y de ternura! ¡Qué dignidad y grandeza la de su

vocación! ¡Cuánto vale una misa! ¡Cuánto valor de consuelo y

reparación, de adoración y de acción de gracias! ¡Cuántas

bendiciones se obtienen para los hombres! La misa es la mayor fuente

de energía espiritual del mundo. ¡Pensar que el sacerdote, un

“pobre” y pecador ser humano, durante la misa, es absorbido por

el Ser

de

Dios

y se une tan íntimamente a El

que

puede besarlo y abrazarlo con el mismo amor de Jesús!

Es algo que sólo pensarlo estremece de alegría y de

responsabilidad.

Por

eso, la celebración diaria de la Eucaristía

es para el sacerdote un llamado urgente y constante de

Dios

hacia la santidad.

Es

también el mayor medio de santificación que puede existir en la

tierra.

¡El sacerdote debería ser santo! Pero, no sólo los sacerdotes,

todos, incluso los laicos, están llamados a las cumbres de la

santidad, aunque de modo especial lo son los consagrados.

Así

que podemos decir:

Mi

alma, como esposa de mi Amado,

hace que viva la Eucaristía

como una íntima común unión con

Jesús

y ofrecerme con Él

al Padre.

Mientras perduran las especies sacramentales en mí, tomo contacto

íntimo con mis TRES

Divinas Personas y

con cada una de ellas en particular. Mi alma está como divinizada al

unirse a la divinidad. Es

una especie de “transustanciación” en Jesús,

yo

y Él somos una misma cosa.

Así

podemos comprender que la

Eucaristía es

el sacramento del Matrimonio

espiritual

pues en ella se consuma nuestra unión con el

Amado.

Según

el Bto. Raimundo, Sta. Catalina de Sena sentía un deseo irresistible

de comulgar, no sólo para unir su alma a Jesús,

sino también para unir su cuerpo al Cuerpo

divino de su Esposo

y hacerse una sola cosa con Él.

Por eso, es preciso que la comunión de cada día sea como una

renovación de nuestro Matrimonio

espiritual.

con

Jesús.

Podemos decirle mil locuras de amor. Aprovechemos bien ese momento y

esperémoslo con ansiedad, pues nos unimos a

Jesús

en la intimidad de nuestro corazón. La comunión de cada día debe

ser para nosotros como una invitación que nos hace Jesús

a vivir en plenitud el matrimonio

con El,

hasta llegar al climax del amor en el Matrimonio

espiritual.

El

beso del Esposo

El

alma que alcanza las sublimes alturas del Matrimonio

espiritual,

recibe frecuentemente, sobre todo en la comunión, los besos del

Esposo.

Él

la besa con los besos de su boca

(Cant 1,2), que le producen en el alma una paz inmensa y una alegría

incomparable. Ella se siente plenamente inundada por los TRES

y

distingue claramente la acción de cada una de las personas divinas

en su alma, pues cada una de ellas la ama con un amor eterno e

infinito. Su alma es un jardín florido, donde han puesto el paraíso

el Padre,

el Hijo y el Espíritu Santo.

Su vida es ya como un principio de la Bienaventuranza

eterna. Sta. Verónica Giuliani nos habla del beso del Esposo,

que recibió varias veces, incluso antes de su Matrimonio

místico.

Sobre estos besos, que la enloquecían, escribe: “Cuando Dios

da estos besos divinos, se sacude todo nuestro interior hasta la

última fibra de nuestro ser. Todas las potencias, corazón, alma,

sentidos y sentimientos parecen participar de la felicidad del Amor

Divino.

En ese momento, parece que Dios

y el alma son una misma cosa. ¡Oh beso de paz! ¡Oh beso de amor!

¡Oh beso de vida de mi Dios” (Diario 1 298 ss).

Este

beso divino, es un beso que produce la unión total con el Amado

y transforma el alma y la deifica. Algo parecido a lo que sucede con

la hostia después de la consagración. Es un beso de la Trinidad,

un beso de amor de los

TRES.

En

ese momento, ella, el alma, ama a su Amado

con su mismo amor divino, pues es Dios

quien ama y vive en ella para siempre. Son los besos de que habla el

Cantar de los Cantares y Sta. Teresa en sus Meditaciones sobre los

Cantares.

No

es de extrañar que S. Juan de la Cruz pidiera, antes de morir, que

le leyeran el Cántico de los enamorados, el Cantar de los Cantares.

Veamos

cómo describe este mismo santo el beso de la íntima unión con

Dios:

¡Oh

llama de amor viva, que tiernamente hieres

de

mi alma en el más profundo centro!

Pues

ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres,

rompe

la tela de este dulce encuentro.

¡Oh

cauterio suave! ¡Oh regalada llaga!

¡Oh

mano blanda! ¡Oh toque delicado

que

a vida eterna sabe, y toda deuda paga!

Matando,

muerte en vida la has trocado.

¡Oh

lámparas de fuego, en cuyos resplandores

las

profundas cavernas del sentido,

que

estaba oscuro y ciego, con extraños primores

calor

y luz dan junto a su Querido!

¡cuán

manso y amoroso recuerdas en mi seno,

donde

secretamente sólo moras:

y

en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno,

cuán

delicadamente me enamoras!

Dice

este santo que “el Matrimonio

espiritual es

el beso del alma a Dios”

(C 22,7). Podríamos decir también que es el beso de Dios

al alma, pues “ los regalos que el Esposo

hace al alma en este estado son inestimables y las alabanzas y

requiebros de divino amor que con frecuencia pasan entre los dos son

inefables” (C 34,1). “El alma anda interior y exteriormente como

de fiesta y trae con gran frecuencia en el paladar de su espíritu un

júbilo de Dios

grande,

como un cantar nuevo, siempre nuevo, envuelto en alegría y en amor”

(Ll 2,36).

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Camino espiritual hacia la Cumbre de la Sublime Felicidad Terrenal
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Deleted user · Aug 2016
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Jan 18, 2017
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  • Created by Isidro Esparza Marín · May 24, 2016
  • Copied by Isidro Esparza Marín · Aug 21, 2016
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