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KrV. Prólogo a la segunda edición
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PRÓLOGO
DE LA SEGUNDA EDICIÓN, EN EL AÑO DE 1787
Si la elaboración
de los conocimientos que pertenecen a la obra de la razón, lleva o no la marcha
segura de una ciencia, es cosa que puede pronto juzgarse por el éxito. Cuando
tras de numerosos preparativos y arreglos, la razón tropieza, en el momento
mismo de llegar a su fin; o cuando para alcanzar éste, tiene que volver atrás una
y otra vez y emprender un nuevo camino; así mismo, cuando no es posible poner de
acuerdo a los diferentes colaboradores sobre la manera cómo se ha de perseguir
el propósito común; entonces puede tenerse siempre la convicción de que un
estudio semejante está muy lejos de haber emprendido la marcha segura de una
ciencia y de que, por el contrario, es más bien un mero tanteo. Y es ya un
mérito de la razón el descubrir, en lo posible, ese camino, aunque haya que
renunciar, por vano, a mucho de lo que estaba contenido en el fin que se había
tomado antes sin reflexión.
Que la lógica ha
llevado ya esa marcha segura desde los tiempos más remotos, puede colegirse,
por el hecho de que, desde Aristóteles, no ha tenido que dar un paso atrás, a
no ser que se cuenten como correcciones la supresión de algunas sutilezas inútiles
o la determinación más clara de lo expuesto, cosa empero que pertenece más a la
elegancia que a la certeza de la ciencia. Notable es también en ella el que
tampoco hasta ahora hoy ha podido dar un paso adelante. Así pues, según toda
apariencia, hállase conclusa y perfecta. Pues si algunos modernos han pensado
ampliarla introduciendo capítulos, ya psicológicos sobre las distintas
facultades de conocimiento (la imaginación, el ingenio), ya metafísicos sobre
el origen del conocimiento o la especie diversa de certeza según la diversidad
de los objetos (el idealismo, escepticismo, etc...), ya antropológicos sobre los
prejuicios (sus causas y sus remedios), ello proviene de que desconocen la
naturaleza peculiar de esa ciencia. No es aumentar sino desconcertar las ciencias,
el confundir los límites de unas y otras. El límite de la lógica empero queda determinado
con entera exactitud, cuando se dice que es una ciencia que no expone al detalle
y demuestra estrictamente más que las reglas formales de todo pensar (sea este
a priori o empírico, tenga el origen o el objeto que quiera, encuentre en
nuestro ánimo obstáculos contingentes o naturales).
Si la lógica ha
tenido tan buen éxito, debe esta ventaja sólo a su carácter limitado, que la
autoriza y hasta la obliga a hacer abstracción de todos los objetos del conocimiento
y su diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento no tiene que habérselas
más que consigo mismo y su forma. Mucho más difícil tenía que ser, naturalmente,
para la razón, el emprender el camino seguro de la ciencia, habiendo de ocuparse
no sólo de sí misma sino de objetos. Por eso la lógica, como propedéutica, constituye
solo por decirlo así el vestíbulo de las ciencias y cuando se habla de conocimientos,
se supone ciertamente una lógica para el juicio de los mismos, pero su adquisición
ha de buscarse en las propias y objetivamente llamadas ciencias.
Ahora bien, por
cuanto en estas ha de haber razón, es preciso que en ellas algo sea conocido a
priori, y su conocimiento puede referirse al objeto de dos maneras: o bien para
determinar simplemente el objeto y su concepto (que tiene que ser dado por otra
parte) o también para hacerlo real. El primero es conocimiento teórico, el
segundo conocimiento práctico de la razón. La parte pura de ambos, contenga
mucho o contenga poco, es decir, la parte en donde la razón determina su objeto
completamente a priori, tiene que ser primero expuesta sola, sin mezclarle lo
que procede de otras fuentes; pues administra mal quien gasta ciegamente los
ingresos, sin poder distinguir luego, en los apuros, qué parte de los ingresos
puede soportar el gasto y qué otra parte hay que librar de él.
La matemática y la
física son los dos conocimientos teóricos de la razón que deben determinar sus
objetos a priori; la primera con entera pureza, la segunda con pureza al menos
parcial, pero entonces según la medida de otras fuentes cognoscitivas que las
de la razón.
La matemática ha
marchado por el camino seguro de una ciencia, desde los tiempos más remotos que
alcanza la historia de la razón humana, en el admirable pueblo griego. Mas no
hay que pensar que le haya sido tan fácil como a la lógica, en donde la razón
no tiene que habérselas más que consigo misma, encontrar o mejor dicho abrirse ese
camino real; más bien creo que ha permanecido durante largo tiempo en meros anteos
(sobre todo entre los egipcios) y que ese cambio es de atribuir a una
revolución, que la feliz ocurrencia de un sólo hombre llevó a cabo, en un
ensayo, a partir del cual, el carril que había de tornarse ya no podía fallar y
la marcha segura de una ciencia quedaba para todo tiempo y en infinita lejanía,
emprendida y señalada. La historia de esa revolución del pensamiento, mucho más
importante que el descubrimiento del camino para doblar el célebre cabo, y la
del afortunado que la llevó a bien, no nos ha sido conservada. Sin embargo, la
leyenda que nos trasmite Diógenes Laercio, quien nombra al supuesto descubridor
de los elementos mínimos de las demostraciones geométricas, elementos que,
según el juicio común, no necesitan siquiera de prueba, demuestra que el recuerdo
del cambio efectuado por el primer descubrimiento de este nuevo camino, debió
parecer extraordinariamente importante a los matemáticos y por eso se hizo
inolvidable. El primero que demostró el triángulo isósceles (háyase llamado Thales
o como se quiera), percibió una luz nueva; pues encontró que no tenía que inquirir
lo que veía en la figura o aún en el mero concepto de ella y por decirlo así aprender
de ella sus propiedades, sino que tenía que producirla, por medio de lo que, según
conceptos, él mismo había pensado y expuesto en ella a priori (por
construcción), y que para saber seguramente algo a priori, no debía atribuir
nada a la cosa, a no ser lo que se sigue necesariamente de aquello que él
mismo, conformemente a su concepto, hubiese puesto en ella.
La física tardó
mucho más tiempo en encontrar el camino de la ciencia; pues no hace más que
siglo y medio que la propuesta del judicioso Bacon de Verulam ocasionó en parte
-o quizá más bien dio vida, pues ya se andaba tras él- el descubrimiento, que
puede igualmente explicarse por una rápida revolución antecedente en el
pensamiento. Voy a ocuparme aquí de la física sólo en cuanto se funda sobre principios
empíricos.
Cuando Galileo hizo
rodar por el plano inclinado las bolas cuyo peso había él mismo determinado;
cuando Torricelli hizo soportar al aire un peso que de antemano había pensado
igual al de una determinada columna de agua; cuando más tarde Stahl transformó
metales en cal y ésta a su vez en metal, sustrayéndoles y devolviéndoles algo,
entonces percibieron todos los físicos una luz nueva. Comprendieron que la
razón no conoce más que lo que ella misma produce según su bosquejo; que debe
adelantarse con principios de sus juicios, según leyes constantes, y obligar a
la naturaleza a contestar a sus preguntas, no empero dejarse conducir como con
andadores; pues de otro modo, las observaciones contingentes, los hechos sin
ningún plan bosquejado de antemano, no pueden venir a conexión en una ley necesaria,
que es sin embargo lo que la razón busca y necesita. La razón debe acudir a la
naturaleza llevando en una mano sus principios, según los cuales tan sólo los
fenómenos concordantes pueden tener el valor de leyes, y en la otra el
experimento, pensado según aquellos principios; así conseguirá ser instruida
por la naturaleza, mas no en calidad de discípulo que escucha todo lo que el
maestro quiere, sino en la de juez autorizado, que obliga a los testigos a contestar
a las preguntas que les hace. Y así la misma física debe tan provechosa evolución
de su pensamiento, a la ocurrencia de buscar (no imaginar) en la naturaleza, conformemente
a lo que la razón misma ha puesto en ella, lo que ha de aprender de ella de lo
cual por si misma no sabría nada. Solo así ha logrado la física entrar en el
camino seguro de una ciencia, cuando durante tantos siglos no había sido más
que un mero tanteo.
La metafísica,
conocimiento especulativo de la razón, enteramente aislado, que se alza por
encima de las enseñanzas de la experiencia, mediante meros conceptos (no como
la matemática mediante aplicación de los mismos a la intuición), y en donde por
tanto la razón debe ser su propio discípulo, no ha tenido hasta ahora la
fortuna de emprender la marcha segura de una ciencia; a pesar de ser más vieja
que todas las demás y a pesar de que subsistiría aunque todas las demás
tuvieran que desaparecer enteramente, sumidas en el abismo de una barbarie
destructora. Pues en ella tropieza la razón continuamente, incluso cuando
quiere conocer a priori (según pretende) aquellas leyes que la experiencia más
ordinaria confirma. En ella hay que deshacer mil veces el camino, porque se
encuentra que no conduce a donde se quiere; y en lo que se refiere a la
unanimidad de sus partidarios, tan lejos está aún de ella, que más bien es un
terreno que parece propiamente destinado a que ellos ejerciten sus fuerzas en
un torneo, en donde ningún campeón ha podido nunca hacer la más mínima
conquista y fundar sobre su victoria una duradera posesión. No hay pues duda
alguna de que su método, hasta aquí, ha sido un mero tanteo y, lo que es peor,
un tanteo entre meros conceptos.
Ahora bien ¿a qué
obedece que no se haya podido aún encontrar aquí un camino seguro de la
ciencia? ¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué la naturaleza ha introducido en
nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo como uno de sus más importantes
asuntos? Y aún más ¡cuán poco motivo tenemos para confiar en nuestra razón, si,
en una de las partes más importantes de nuestro anhelo de saber, no sólo nos abandona,
sino que nos entretiene con ilusiones, para acabar engañándonos! O bien, si solo
es que hasta ahora se ha fallado la buena vía, ¿qué señales nos permiten
esperar que en una nueva investigación seremos más felices que lo han sido
otros antes? Yo debiera creer que los ejemplos de la matemática y de la física,
ciencias que, por una revolución llevada a cabo de una vez, han llegado a ser
lo que ahora son, serían bastante notables para hacernos reflexionar sobre la
parte esencial de la transformación del pensamiento que ha sido para ellas tan
provechosa y se imitase aquí esos ejemplos, al menos como ensayo, en cuanto lo
permite su analogía, como conocimientos de razón, con la Metafísica. Hasta ahora
se admitía que todo nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos;
pero todos los ensayos, para decidir a priori algo sobre estos, mediante
conceptos, por donde sería extendido nuestro conocimiento, aniquilábanse en esa
suposición. Ensáyese pues una vez si no adelantaremos más en los problemas de
la metafísica, admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro
conocimiento, lo cual concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un
conocimiento a priori de dichos objetos, que establezca algo sobre ellos antes
de que nos sean dados. Ocurre con esto como con el primer pensamiento de
Copérnico quien, no consiguiendo explicar bien los movimientos celestes si
admitía que la masa toda de las estrellas daba vueltas alrededor del
espectador, ensayó si no tendría mayor éxito haciendo al espectador dar vueltas
y dejando en cambio las estrellas inmóviles. En la metafísica se puede hacer un
ensayo semejante, por lo que se refiere a la intuición de los objetos. Si la
intuición tuviera que regirse por la constitución de los objetos, no comprendo cómo
se pueda a priori saber algo de ella. ¿Rígese empero el objeto (como objeto de
los sentidos) por la constitución de nuestra facultad de intuición?, entonces
puedo muy bien representarme esa posibilidad. Pero como no puedo permanecer
atenido a esas intuiciones, si han de llegar a ser conocimientos, sino que
tengo que referirlas, como representaciones, a algo como objeto, y determinar
este mediante aquéllas, puedo por tanto: o bien admitir que los conceptos,
mediante los cuales llevo a cabo esa determinación, se rigen también por el
objeto y entonces caigo de nuevo en la misma perplejidad sobre el modo como
pueda saber a priori algo de él; o bien admitir que los objetos o, lo que es lo
mismo, la experiencia, en donde tan sólo son ellos (como objetos dados)
conocidos, se rige por esos conceptos y entonces veo en seguida una explicación
fácil; porque la experiencia misma es un modo de conocimiento que exige
entendimiento, cuya regla debo suponer en mí, aún antes de que me sean dados
objetos, por lo tanto a priori, regla que se expresa en conceptos a priori, por
los que tienen pues que regirse necesariamente todos los objetos de la
experiencia y con los que tienen que concordar. En lo que concierne a los
objetos, en cuanto son pensados sólo por la razón y necesariamente, pero sin
poder (al menos tales como la razón los piensa) ser dados en la experiencia, proporcionarán,
según esto, los ensayos de pensarlos (pues desde luego han de poderse pensar)
una magnífica comprobación de lo que admitimos como método transformado del pensamiento,
a saber: que no conocemos a priori de las cosas más que lo que nosotros mismos
ponemos en ellas.
Este ensayo tiene
un éxito conforme al deseo y promete a la metafísica, en su primera parte (es
decir en la que se ocupa de conceptos a priori, cuyos objetos correspondientes
pueden ser dados en la experiencia en conformidad con ellos), la marcha segura
de una ciencia. Pues según este cambio del modo de pensar, puede explicarse muy
bien la posibilidad de un conocimiento a priori y, más aún, proveer de pruebas
satisfactorias las leyes que están a priori a la base de la naturaleza, como conjunto
de los objetos de la experiencia; ambas cosas eran imposibles según el modo de
proceder hasta ahora seguido. Pero de esta deducción de nuestra facultad de
conocer a priori, en la primera parte de la metafísica, despréndese un
resultado extraño y al parecer muy desventajoso para el fin total de la misma,
que ocupa la segunda parte, y es a saber: que con esa facultad no podemos salir
jamás de los límites de una experiencia posible, cosa empero que es
precisamente el afán más importante de esa ciencia. Pero en esto justamente
consiste el experimento para comprobar la verdad del resultado de aquella
primera apreciación de nuestro conocimiento a priori de razón, a saber: que éste
se aplica sólo a los fenómenos y, en cambio considera la cosa en sí misma, si
bien real por sí, como desconocida para nosotros. Pues lo que nos impulsa a ir necesariamente
más allá de los límites de la experiencia y de todos los fenómenos, es lo incondicionado,
que necesariamente y con pleno derecho pide la razón, en las cosas en sí
mismas, para todo condicionado, exigiendo así la serie completa de las
condiciones.
Ahora bien, ¿nos encontramos
con que, si admitimos que nuestro conocimiento de experiencia se rige por los
objetos como cosas en sí mismas, lo incondicionado no pude ser pensado sin
contradicción; y que en cambio, desaparece la contradicción, si admitimos que
nuestra representación de las cosas, como ellas nos son dadas, no se rige por
ellas como cosas en sí mismas, sino que más bien estos efectos, como fenómenos,
se rigen por nuestro modo de representación? ¿Encontramos por consiguiente que
lo condicionado ha de hallarse no en las cosas en cuanto las conocemos (nos son
dadas), pero sí en ellas en cuanto no las conocemos, o sea como cosas en sí
mismas? Pues entonces se muestra que lo que al comienzo admitíamos solo por vía
de ensayo, está fundado. Ahora bien, después de haber negado a la razón
especulativa todo progreso en ese campo de lo suprasensible, quédanos por
ensayar si ella no encuentra, en su conocimiento práctico, datos para
determinar aquel concepto trascendente de razón, aquel concepto de lo
incondicionado y, de esa manera, conformándose al deseo de la metafísica,
llegar más allá de los límites de toda experiencia posible con nuestro conocimiento
a priori, aunque sólo en un sentido práctico. Con su proceder, la razón especulativa
nos ha proporcionado por lo menos sitio para semejante ampliación, aunque haya
tenido que dejarlo vacío, autorizándonos por tanto, más aún, exigiéndonos ella
misma que lo llenemos, si podemos, con sus datos prácticos.
En ese ensayo de
variar el proceder que ha seguido hasta ahora la metafísica, emprendiendo con
ella una completa revolución, según los ejemplos de los geómetras y físicos,
consiste el asunto de esta crítica de la razón pura especulativa. Es un tratado
del método, no un sistema de la ciencia misma; pero sin embargo, bosqueja el
contorno todo de la ciencia, tanto en lo que se refiere a sus límites, como
también a su completa articulación interior. Pues la razón pura especulativa
tiene en sí esto de peculiar, que puede y debe medir su propia facultad, según
la diferencia del modo como elige objetos para el pensar; que puede y debe
enumerar completamente los diversos modos de proponerse problemas y así trazar
el croquis entero de un sistema de metafísica. Porque, en lo que a lo primero
atañe, nada puede ser atribuido a los objetos en el conocimiento a priori, sino
lo que el sujeto pensante toma de sí mismo; y, en lo que toca a lo segundo, es
la razón pura especulativa, con respecto a los principios del conocimiento, una
unidad totalmente separada, subsistente por sí, en la cual cada uno de los
miembros está, como en un cuerpo organizado, para todos los demás, y todos para
uno, y ningún principio puede ser tomado con seguridad, en una relación, sin
haberlo al mismo tiempo investigado en la relación general con todo el uso puro
de la razón. Por eso tiene la metafísica una rara fortuna, de la que no
participa ninguna otra ciencia de razón que trate de objetos (pues la lógica
ocúpase sólo de la forma del pensamiento en general); y es que si por medio de
esta crítica queda encarrilada en la marcha segura de una ciencia, puede
comprender enteramente el campo de los conocimientos a ella pertenecientes y terminar
por tanto su obra, dejándola para el uso de la posteridad, como una construcción
completa; porque no trata más que de principios de las limitaciones de su uso,
que son determinadas por aquellos mismos. A esa integridad está pues obligada como
ciencia fundamental, de ella debe poder decirse: nil actum reputans, si quid superesset
agendum.
Pero se preguntará:
¿cuál es ese tesoro que pensamos dejar a la posteridad con semejante
metafísica, depurada por la crítica, y por ella también reducida a un estado inmutable?
En una pasajera inspección de esta obra, se creerá percibir que su utilidad no es
más que negativa, la de no atrevernos nunca, con la razón especulativa, a salir
de los límites de la experiencia; y en realidad tal es su primera utilidad.
Ésta empero se torna pronto en positiva, por cuanto se advierte que esos
principios, con que la razón especulativa se atreve a salir de sus límites,
tienen por indeclinable consecuencia, en realidad, no una ampliación, sino,
considerándolos más de cerca, una reducción de nuestro uso de la razón; ya que
ellos realmente amenazan ampliar descomedidamente los límites de la sensibilidad,
a que pertenecen propiamente, y suprimir así del todo el uso puro (práctico) de
la razón. Por eso una crítica que limita la sensibilidad, si bien en este
sentido es negativa, sin embargo, en realidad, como elimina de ese modo al
mismo tiempo un obstáculo que limita y hasta amenaza aniquilar el uso puro
práctico, resulta de una utilidad positiva, y muy importante, tan pronto como
se adquiere la convicción de que hay un uso práctico absolutamente necesario de
la razón pura (el moral), en el cual ésta se amplía inevitablemente más allá de
los límites de la sensibilidad; para ello no necesita, es cierto, ayuda alguna
de la especulativa, pero sin embargo, tiene que estar asegurada contra su
reacción, para no caer en contradicción consigo misma. Disputar a este servicio
de la crítica su utilidad positiva, sería tanto como decir que la policía no tiene
utilidad positiva alguna, pues que su ocupación principal no es más que poner
un freno a las violencias que los ciudadanos pueden temer unos de otros, para
que cada uno vaque a sus asuntos en paz y seguridad. Que espacio y tiempo son
solo formas de la intuición sensible, y por tanto sólo condiciones de la
existencia de las cosas como fenómenos; que nosotros además no tenemos
conceptos del entendimiento y por tanto tampoco elementos para el conocimiento
de las cosas, sino en cuanto a esos conceptos puede serles dada una intuición
correspondiente; que consiguientemente nosotros no podemos tener conocimiento
de un objeto como cosa en sí misma, sino sólo en cuanto la cosa es objeto de la
intuición sensible, es decir como fenómeno; todo esto queda demostrado en la
parte analítica de la Crítica. De donde se sigue desde luego la limitación de
todo posible conocimiento especulativo de la razón a los meros objetos de la
experiencia. Sin embargo, y esto debe notarse bien, queda siempre la reserva de
que esos mismos objetos, como cosas en sí, aunque no podemos conocerlos,
podemos al menos pensarlos. Pues si no, seguiríase la proposición absurda de
que habría fenómeno sin algo que aparece. Ahora bien vamos a admitir que no se
hubiere hecho la distinción, que nuestra Crítica ha considerado necesaria,
entre las cosas como objetos de la experiencia y esas mismas cosas como cosas
en sí. Entonces el principio de la casualidad y por tanto el mecanismo de la
naturaleza en la determinación de la misma, tendría que valer para todas las
cosas en general como causas eficientes.
Por lo tanto, de
uno y el mismo ser, v. g. del alma humana, no podría yo decir que su voluntad
es libre y que al mismo tiempo, sin embargo, está sometida a la necesidad natural,
es decir, que no es libre, sin caer en una contradicción manifiesta; porque
habría tomado el alma, en ambas proposiciones, en una y la misma significación,
a saber, como cosa en general (como cosa en sí misma). Y, sin previa crítica,
no podría tampoco hacer de otro modo. Pero si la Crítica no ha errado,
enseñando a tomar el objeto en dos significaciones, a saber como fenómeno y
como cosa en sí misma; si la deducción de sus conceptos del entendimiento es
exacta y por tanto el principio de la casualidad se refiere sólo a las cosas
tomadas en el primer sentido, es decir a objetos de la experiencia, sin que
estas cosas en su segunda significación le estén sometidas; entonces una y la
misma voluntad es pensada, en el fenómeno (las acciones visibles), como necesariamente
conforme a la ley de la naturaleza y en este sentido como no libre, y sin embargo,
por otra parte, en cuanto pertenece a una cosa en sí misma, como no sometida a
esa ley y por tanto como libre, sin que aquí se cometa contradicción. Ahora
bien, aunque mi alma, considerada en este último aspecto, no la puedo conocer
por razón especulativa (y menos aún por la observación empírica), ni por tanto
puedo tampoco conocer la libertad, como propiedad de un ser a quien atribuyo
efectos en el mundo sensible, porque tendría que conocer ese ser como
determinado según su existencia, y, sin embargo, no en el tiempo (cosa
imposible, pues no puedo poner intuición alguna bajo mi concepto), sin embargo,
puedo pensar la libertad, es decir que la representación de ésta no encierra
contradicción alguna, si son ciertas nuestra distinción crítica de ambos modos
de representación (el sensible y el intelectual) y la limitación consiguiente
de los conceptos puros del entendimiento y por tanto de los principios que de
ellos dimanan. Ahora bien, supongamos que la moral presupone necesariamente la libertad
(en el sentido más estricto) como propiedad de nuestra voluntad, porque alega a
priori principios que residen originariamente en nuestra razón, como datos de
ésta, y que serían absolutamente imposibles sin la suposición de la libertad;
supongamos que la razón especulativa haya demostrado, sin embargo, que la
libertad no se puede pensar en modo alguno, entonces necesariamente aquella
presuposición, es decir la moral, debería ceder ante ésta, cuyo contrario
encierra una contradicción manifiesta, y por consiguiente la libertad y con
ella la moralidad (pues su contrario no encierra contradicción alguna, a no ser
que se haya ya presupuesto la libertad) deberían dejar el sitio al mecanismo
natural. Mas para la moral no necesito más sino que la libertad no se contradiga
a sí misma y que, por tanto, al menos sea pensable, sin necesidad de penetrarla
más, y que no ponga pues obstáculo alguno al mecanismo natural de una y la misma
acción (tomada en otra relación); resulta pues, que la teoría de la moralidad mantiene
su puesto y la teoría de la naturaleza el suyo, cosa que no hubiera podido ocurrir
si la crítica no nos hubiera previamente enseñado nuestra inevitable ignorancia
respecto de las cosas en sí mismas y no hubiera limitado a meros fenómenos lo
que podemos conocer teóricamente.
Esta misma
explicación de la utilidad positiva de los principios críticos de la razón
pura, puede hacerse con respecto al concepto de Dios y de la naturaleza simple
de nuestra alma. La omito sin embargo, en consideración a la brevedad. Así
pues, no puedo siquiera admitir Dios, la libertad y la inmortalidad para el uso
práctico necesario de mi razón, como no cercene al mismo tiempo a la razón
especulativa su pretensión de conocimientos transcendentes. Porque ésta, para
llegar a tales conocimientos, tiene que servirse de principios que no alcanzan
en realidad más que a objetos de la experiencia posible, y por tanto, cuando
son aplicados, sin embargo, a lo que no puede ser objeto de la experiencia, lo
transforman realmente siempre en fenómeno y declaran así imposible toda
ampliación práctica de la razón pura. Tuve pues que anular el saber, para
reservar un sitio a la fe; y el dogmatismo de la metafísica, es decir el
prejuicio de que puede avanzarse en metafísica, sin crítica de la razón pura,
es la verdadera fuente de todo descreimiento opuesto a la moralidad, que
siempre es muy dogmático. Así pues, no siendo difícil, con una metafísica
sistemática, compuesta según la pauta señalada por la crítica de la razón pura,
dejar un legado a la posteridad, no es éste un presente poco estimable. Basta
comparar lo que es la cultura de la razón mediante la marcha segura de una
ciencia, con el tanteo sin fundamento y el vagabundeo superficial de la misma
sin crítica; o advertir también cuanto mejor empleará aquí su tiempo una juventud
deseosa de saber, que en el dogmatismo corriente, que inspira tan tempranos y poderosos
alientos, ya para sutilizar cómodamente sobre cosas de que no entiende nada y
en las que no puede, como no puede nadie en el mundo, conocer nada, ya para
acabar inventando nuevos pensamientos y opiniones, sin cuidarse de aprender las
ciencias exactas. Pero sobre todo se reconocerá el valor de la crítica, si se
tiene en cuenta la inapreciable ventaja de poner un término, para todo el
porvenir, a los ataques contra la moralidad y la religión, de un modo
socrático, es decir por medio de la prueba clara de la ignorancia de los
adversarios. Pues alguna metafísica ha habido siempre en el mundo y habrá de
haber en adelante; pero con ella también surgirá una dialéctica de la razón pura,
pues es natural a ésta. Es pues el primer y más importante asunto de la
filosofía, quitarle todo influjo desventajoso, de una vez para siempre, cegando
la fuente de los errores.
Tras esta variación
importante en el campo de las ciencias, y la pérdida que de sus posesiones,
hasta aquí imaginadas, tiene que soportar la razón especulativa, todo lo que
toca al interés universal humano y a la utilidad que el mundo ha sacado hasta
hoy de las enseñanzas de la razón pura, sigue en el mismo provechoso estado en
que estuvo siempre. La pérdida alcanza sólo al monopolio de las escuelas, pero
de ningún modo al interés de los hombres. Yo pregunto al dogmático más
inflexible si la prueba de la duración de nuestra alma después de la muerte,
por la simplicidad de la substancia; si la de la libertad de la voluntad contra
el mecanismo universal, por las sutiles, bien que impotentes distinciones entre
necesidad práctica subjetiva y objetiva; si la de la existencia de Dios por el
concepto de un ente realísimo (de la contingencia de lo variable y de la
necesidad de un primer motor) han llegado jamás al público, después de salir de
las escuelas y han tenido la menor influencia en la convicción de las gentes. Y
si esto no ha ocurrido, ni puede tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que
es el entendimiento ordinario del hombre para tan sutil especulación; sí, en
cambio, en lo que se refiere al alma, la disposición que todo hombre nota en su
naturaleza, de no poder nunca satisfacerse con lo temporal (como insuficiente
para las disposiciones de todo su destino) ha tenido por sí sola que dar
nacimiento a la esperanza de una vida futura; si en lo que se refiere a la
libertad, la mera presentación clara de los deberes, en oposición a las
pretensiones todas de las inclinaciones, ha tenido por sí sola que producir la conciencia
de la libertad; si, finalmente en lo que a Dios se refiere, la magnífica ordenación,
la belleza y providencia que brillan por toda la naturaleza ha tenido, por sí
sola, que producir la fe en un sabio y grande creador del mundo, convicción que
se extiende en el público en cuanto descansa en fundamentos racionales;
entonces estas posesiones no sólo siguen sin ser estorbadas, sino que ganan más
bien autoridad, porque las escuelas aprenden, desde ahora, a no preciarse de
tener, en un punto que toca al interés universal humano, un conocimiento más
elevado y amplio que el que la gran masa (para nosotros dignísima de respeto)
puede alcanzar tan fácilmente, y a limitarse por tanto a cultivar tan sólo esas
pruebas universalmente comprensibles y suficientes en el sentido moral. La
variación se refiere pues solamente a las arrogantes pretensiones de las
escuelas, que desean en esto (como hacen con razón en otras muchas cosas) se
las tenga por únicas conocedoras y guardadoras de semejantes verdades, de las
cuales sólo comunican al público el uso, y guardan para sí la clave (quodmecum nescit,
solus vult scire videri). Sin embargo se ha tenido en cuenta aquí una
equitativa pretensión del filósofo especulativo. Éste sigue siempre siendo el
exclusivo depositario de una ciencia, útil al público que la ignora, a saber,
la crítica de la razón, que no puede nunca hacerse popular. Pero tampoco
necesita serlo; porque, así como el pueblo no puede dar entrada en su cabeza
como verdades útiles, a los bien tejidos argumentos, de igual modo nunca llegan
a su sentido las objeciones contra ellos, no menos sutiles.
En cambio, como la
escuela y asimismo todo hombre que se eleve a la especulación, cae inevitablemente
en argumentos y réplicas, está aquella crítica obligada a prevenir de una vez
para siempre, por medio de una investigación fundamentada de los derechos de la
razón especulativa, el escándalo que tarde o temprano ha de sentir el pueblo,
por las discusiones en que los metafísicos (y, como tales, también al fin los
sacerdotes) sin crítica se complican irremediablemente y que falsean después
sus mismas doctrinas. Sólo por medio de esta crítica pueden cortarse de raíz el
materialismo, el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los
librepensadores, el misticismo y la superstición, que pueden ser universalmente
dañinos, finalmente también el idealismo y el escepticismo, que son peligros más
para las escuelas y que no pueden fácilmente llegar al público. Si los
gobiernos encuentran oportuno el ocuparse de los negocios de los sabios, lo más
conforme a su solícita presidencia sería, para las ciencias como para los
hombres, favorecer la libertad de una crítica semejante, única que puede dar a
las construcciones de la razón un suelo firme, que sostener el ridículo
despotismo de las escuelas, que levantan una gran gritería sobre los peligros
públicos, cuando se rasga su tejido, que el público sin embargo, jamás ha
conocido y cuya pérdida por lo tanto no puede nunca sentir.
La crítica no se
opone al proceder dogmático de la razón en su conocimiento puro como ciencia
(pues ésta ha de ser siempre dogmática, es decir, estrictamente demostrativa
por principios a priori, seguros), sino al dogmatismo, es decir, a la pretensión
de salir adelante sólo con un conocimiento puro por conceptos (el filosófico), según
principios tales como la razón tiene en uso desde hace tiempo, sin informarse
del modo y del derecho con que llega a ellos. Dogmatismo es, pues, el proceder
dogmático de la razón pura, sin previa crítica de su propia facultad. Esta
oposición, por lo tanto, no ha de favorecer la superficialidad charlatana que
se otorga el pretencioso nombre de ciencia popular, ni al escepticismo, que
despacha la metafísica toda en breves instantes. La crítica es más bien el
arreglo previo necesario para el momento de una bien fundada metafísica, como
ciencia, que ha de ser desarrollada por fuerza dogmáticamente, y según la
exigencia estricta, sistemáticamente, y, por lo tanto, conforme a escuela (no popularmente).
Exigir esto a la crítica es imprescindible, ya que se obliga a llevar su asunto
completamente a priori, por tanto a entera satisfacción de la razón especulativa.
En el desarrollo de
ese plan, que la crítica prescribe, es decir, en el futuro sistema de la metafísica,
debemos, pues, seguir el severo método del famoso Wolf, el más grande de todos
los filósofos dogmáticos, que dio el primero el ejemplo (y así creó el espíritu
de solidez científica, aún vivo en Alemania) de cómo, estableciendo
regularmente los principios, determinando claramente los conceptos,
administrando severamente las demostraciones y evitando audaces saltos en las
consecuencias, puede emprenderse la marcha segura de una ciencia. Y por eso
mismo fuera él superiormente hábil para poner en esa situación una ciencia como
la metafísica, si se le hubiera ocurrido prepararse el campo previamente por
medio de una crítica del órgano, es decir, de la razón pura misma: defecto que
no hay que atribuir tanto a él como al modo de pensar dogmático de su tiempo y
sobre el cual los filósofos de este, como de los anteriores tiempos, nada tienen
que echarse en cara. Los que rechacen su modo de enseñar y al mismo tiempo también
el proceder de la crítica de la razón pura, no pueden proponerse otra cosa que rechazar
las trabas de la Ciencia, transformar el trabajo en juego, la certeza en
opinión y la filosofía en filodoxia.
Por lo que se
refiere a esta segunda edición, no he querido, como es justo, dejar pasar la
ocasión, sin corregir en lo posible las dificultades u obscuridades de donde
puede haber surgido más de una mala interpretación que hombres penetrantes, quizá
no sin culpa mía, han encontrado al juzgar este libro. En las proposiciones
mismas y sus pruebas, así como en la forma e integridad del plan, nada he
encontrado que cambiar; cosa que atribuyo en parte al largo examen a que los he
sometido antes de presentar este libro al público, y en parte también a la
constitución de la cosa misma, es decir a la naturaleza de una razón pura
especulativa, que tiene una verdadera estructura, donde todo es órgano, es
decir donde todos están para uno y cada uno para todos y donde, por tanto, toda
debilidad por pequeña que sea, falta (error) o defecto, tiene que advertirse
imprescindiblemente en el uso. Con esta inmutabilidad se afirmará también según
espero, este sistema en adelante. Esta confianza la justifica no la presunción,
sino la evidencia que produce el experimento, por la igualdad del resultado
cuando partimos de los elementos mínimos hasta llegar al todo de la razón pura
y cuando retrocedemos del todo (pues éste también es dado por sí mediante el
propósito final en lo práctico) a cada parte, ya que el ensayo de variar aún
sólo la parte más pequeña, introduce enseguida contradicciones no sólo en el
sistema, sino en la razón universal humana.
Pero en la
exposición hay aún mucho que hacer y he intentado en esta edición correcciones
que han de poner remedio a la mala inteligencia de la estética (sobre todo en
el concepto del tiempo) a la obscuridad de la deducción de los conceptos del entendimiento,
al supuesto defecto de suficiente evidencia en las pruebas de los principios
del entendimiento puro, y finalmente a la mala interpretación de los paralogismos
que preceden a la psicología racional. Hasta aquí (es decir hasta el final del
capítulo primero de la dialéctica trascendental) y no más, extiéndense los
cambios introducidos en el modo de exposición, porque el tiempo me venía corto
y, en lo que quedaba por revisar, no han incurrido en ninguna mala inteligencia
quienes han examinado la obra con conocimiento del asunto y con imparcialidad.
Éstos, aun que no puedo nombrarlos aquí con las alabanzas a que son acreedores,
notarán por sí mismos en los respectivos lugares, la consideración con que he
escuchado sus observaciones.
Esa corrección ha
sido causa empero de una pequeña pérdida para el lector, y no había medio de
evitarla, sin hacer el libro demasiado voluminoso. Consiste en que varias cosas
que, si bien no pertenecen esencialmente a la integridad del todo, pudiera, sin
embargo, más de un lector echarlas de menos con disgusto, porque pueden ser
útiles en otro sentido, han tenido que ser suprimidas o compendiadas, para dar
lugar a esta exposición, más comprensible ahora, según yo espero. En el fondo,
con respecto a las proposiciones e incluso a sus pruebas, esta exposición no
varía absolutamente nada. Pero en el método de presentarlas, apártase de vez en
cuando de la anterior de tal modo, que no se podía llevar a cabo por medio de
nuevas adiciones. Esta pequeña pérdida que puede además subsanarse, cuando se
quiera, con solo cotejar esta edición con la primera queda compensada con
creces, según yo espero, por la mayor comprensibilidad de ésta.
He notado, con
alegría, en varios escritos públicos (ora con ocasión de dar cuenta de algunos
libros, ora en tratados particulares), que el espíritu de exactitud no ha muerto
en Alemania. La gritería de la nueva moda, que practica una genial libertad en
el pensar, lo ha pagado tan sólo por poco tiempo, y los espinosos senderos de la
crítica, que conducen a una ciencia de la razón pura, ciencia de escuela, pero
sólo así duradera y por ende altamente necesaria, no han impedido a valerosos
clarividentes ingenios, adueñarse de ella. A estos hombres de mérito, que unen
felizmente a la profundidad del conocimiento el talento de una exposición
luminosa (talento de que yo precisamente carezco), abandono la tarea de acabar
mi trabajo, que en ese respecto puede todavía dejar aquí o allá algo que
desear; pues el peligro, en este caso, no es el de ser refutado, sino el de no
ser comprendido. Por mi parte no puedo de aquí en adelante entrar en discusiones,
aunque atenderé con sumo cuidado a todas las indicaciones de amigos y de enemigos,
para utilizarlas en el futuro desarrollo del sistema, conforme a esta propedéutica.
Me cogen estos trabajos en edad bastante avanzada (en este mes cumplo sesenta y
cuatro años); y si quiero realizar mi propósito, que es publicar la metafísica de
la naturaleza y la de la moralidad, como confirmación de la exactitud de la
crítica de la razón especulativa y la de la práctica, he de emplear mi tiempo
con economía, y confiarme, tanto para la aclaración de las obscuridades,
inevitables al principio en esta obra, como para la defensa del todo, a los
distinguidos ingenios, que se han compenetrado con mi labor. Todo discurso
filosófico puede ser herido en algún sitio aislado (pues no puede presentarse
tan acorazado como el discurso matemático); pero la estructura del sistema,
considerada en unidad, no corre con ello el menor peligro, y abarcarla con la
mirada, cuando el sistema es nuevo, es cosa para la cual hay pocos que tengan
la aptitud del espíritu y, menos aún, que posean el gusto de usarla, porque
toda innovación les incomoda. También, cuando se arrancan trozos aislados y se
separan del conjunto, para compararlos después unos con otros, pueden
descubrirse en todo escrito, y más aún si se desarrolla en libre discurso,
contradicciones aparentes, que a los ojos de quien se confía al juicio de
otros, lanzan una luz muy desfavorable sobre el libro. Pero quien se haya
adueñado de la idea del todo, podrá resolverlas muy fácilmente. Cuando una
teoría tiene consistencia, las acciones y reacciones que al principio la amenazaban
con grandes peligros, sirven, con el tiempo, solo para aplanar sus asperezas y
si hombres de imparcialidad, conocimiento y verdadera popularidad se ocupan de
ella, proporciónanle también en poco tiempo la necesaria elegancia.
Königsberg,
Abril de 1787.
Information
- Description
- Prólogo a la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura de Kant, donde se contienen las líneas fundamentales de su pensamiento y el propósito general de la obra que presenta así como los problemas más significativos a los que quiere dar respuesta en esta obra.
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- Federico Campoy · Feb 2015
- Updated
- Feb 19, 2016
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